La literatura latinoamericana recuerda a uno de sus nombres más singulares. Fallecido el 30 de abril de 2011, su vida fue un recorrido poco habitual, que lo llevó desde los laboratorios de física hasta las profundidades existenciales de la novela, para convertirse en un autor de culto y en una de las voces más intensas del siglo XX en lengua española.
Ernesto Roque Sabato (se pronuncia sábato, apellido italiano) nació el 24 de junio de 1911 en Rojas, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Hijo de inmigrantes italianos, creció en un entorno austero donde pronto destacó por su inteligencia.
Su primera vocación fue la ciencia. Estudió Física en la Universidad de La Plata y llegó a doctorarse, para iniciar una prometedora carrera como investigador. Trabajó incluso en el prestigioso Laboratorio Curie, en París, bajo la dirección de Irène Joliot-Curie, hija de la célebre premio Nobel de Física y Química Marie Curie. Allí se especializó en la investigación de la radiactividad y las radiaciones atómicas, y fue testigo de la fragmentación del átomo de uranio.
Su etapa en el instituto finalizó tras sufrir un accidente radiactivo en su mano y tras sufrir una crisis personal que lo alejó definitivamente de la ciencia.
Alguna vez comentó que esa vida racional y estructurada empezó a resultarle insuficiente frente a sus inquietudes existenciales. Creía que la ciencia estaba llegando a extremos peligrosos para la Humanidad.
El giro hacia la literatura
El punto de inflexión en su vida estuvo marcado, entre otras influencias, por el contacto con el intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña , quien —durante sus dos décadas en Buenos Aires— lo alentó a explorar su vocación literaria. A partir de entonces, Sábato comenzó un proceso de abandono progresivo de la ciencia para entregarse a la escritura y al arte.
Paralelamente, cultivó otra de sus grandes pasiones: la pintura, en la que volcó la misma intensidad emocional que caracteriza a sus textos.
Tres novelas, una huella imborrable
Aunque su producción narrativa fue breve, su impacto fue enorme. Con solo tres novelas, Sábato logró conquistar a generaciones de lectores:
El túnel (1948): una inquietante exploración de la obsesión, la soledad y la mente humana.
Sobre héroes y tumbas (1961): considerada su obra maestra, con el célebre “Informe sobre ciegos”.
Abaddón el exterminador (1974): una obra compleja y experimental que cierra su trilogía narrativa.
Su estilo, marcado por el existencialismo, la introspección psicológica y una visión sombría del mundo, lo vinculó con el espíritu del llamado Boom latinoamericano , aunque siempre ocupó un lugar singular dentro de este fenómeno. Para muchos, Sábato representa el último gran escritor “clásico” de la tradición hispanoamericana.
Sabato y sus contemporáneos: afinidades, tensiones y respeto mutuo
La figura de Ernesto Sabato se inserta en una constelación brillante de escritores latinoamericanos con los que mantuvo relaciones complejas, marcadas tanto por la admiración como por las diferencias estéticas e ideológicas.
Con su compatriota Jorge Luis Borgescompartió generación y prestigio, pero representaron polos casi opuestos: Borges encarnaba la precisión intelectual, el juego literario y la erudición, mientras que Sabato exploraba las zonas más oscuras del alma humana, con una prosa cargada de dramatismo existencial. Aun así, el respeto entre ambos fue evidente, como lo demuestra el célebre libro de diálogos Borges-Sábato.
Con Julio Cortázar, en cambio, la relación fue más distante en lo personal y literario. Cortázar se inclinó hacia la experimentación formal y lo lúdico, mientras Sabato mantuvo siempre un tono más grave y filosófico. Sin embargo, ambos compartieron la proyección internacional de la literatura argentina en el siglo XX.
En el ámbito del Boom latinoamericano , Sábato convivió con figuras como Gabriel García Márquezy Mario Vargas Llosa. Aunque no fue un protagonista central del movimiento, su obra fue leída y valorada dentro de ese contexto. A diferencia del realismo mágico de García Márquez o del enfoque más político y estructural de Vargas Llosa, Sábato se mantuvo fiel a una narrativa introspectiva, centrada en los conflictos morales y psicológicos del individuo.
Y en el plano internacional, aunque no tuvo una relación de amistad personal, ha compartido mutua admiración con el filósofo y escritor francés Albert Camus, quien tras leer El tunel, elogió su "sequedad e intensidad" y recomendó personalmente su traducción y publicación en francés a través de la prestigiosa editorial Gallimard.
Premios y reconocimientos
Aunque estuvo nominado para el Nobel de Literatura en tres ocasiones, 2005, 2007 y 2009, nunca le fue otorgado. Sin embargo, Ernesto Sábato recibió numerosos galardones que reconocieron tanto su obra literaria como su compromiso intelectual:
Premio Cervantes (1984), el máximo reconocimiento de las letras en español.
Premio Jerusalén (1989), por su reflexión sobre la libertad del individuo en la sociedad.
Doctorados honoris causa en diversas universidades del mundo.
Distinciones en Francia, Italia y América Latina por su trayectoria cultural.
Además, su figura trascendió la literatura al presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) en Argentina, cuyo informe Nunca Más se convirtió en un documento histórico fundamental en el que se describen los horrores de la dictadura que gobernó Argentina entre 1976 y 1983.
Un espíritu entre la razón y el abismo
Sábato fue, ante todo, un hombre de tensiones: entre la ciencia y el arte, entre la razón y la oscuridad, entre el compromiso social y la introspección individual. Esa dualidad define tanto su vida como su obra.
A quince años de su muerte, su legado permanece vigente. Sus novelas siguen interpelando al lector moderno con preguntas incómodas y profundas, recordándonos que, en el fondo, el ser humano sigue siendo un enigma tan complejo como fascinante.
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