Antoine de Saint-Exupéry fue mucho más que el autor de uno de los libros más leídos de la historia. Aviador pionero, héroe de guerra, periodista y filósofo de la condición humana, convirtió sus experiencias entre las nubes en algunas de las páginas más memorables. El 31 de julio de 1944 partió desde Córcega en una misión de reconocimiento y nunca regresó.
Hay escritores cuya vida parece sacada de una novela. En el caso de Antoine de Saint-Exupéry, la realidad fue incluso más extraordinaria que la ficción. Antes de convertirse en el creador de El Principito, fue un pionero de la aviación, piloto de correo aéreo que atravesó desiertos y cordilleras, corresponsal de guerra y un oficial que desafió los límites de la edad y la salud para volver a volar durante la Segunda Guerra Mundial.
Su legado literario suele quedar resumido en un pequeño príncipe de cabellos dorados que conversa con un zorro y cuida una rosa. Sin embargo, detrás de esa obra inmortal existió un hombre cuya vida estuvo marcada por el riesgo, la aventura y una inquebrantable fascinación por el cielo.
Joven aristócrata enamorado de los aviones
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, en el seno de una familia de la pequeña nobleza francesa. La muerte prematura de su padre marcó su infancia, pero también alimentó un carácter independiente y soñador.
Su pasión por la aviación apareció muy temprano. A los doce años realizó su primer vuelo como pasajero y quedó fascinado por aquellas máquinas capaces de desafiar la gravedad. Tras intentar, sin éxito, ingresar en la Escuela Naval, cumplió el servicio militar en 1921 y obtuvo el título de piloto en la Fuerza Aérea francesa. Poco después fue nombrado subteniente de la reserva, e inició una carrera que terminaría definiendo toda su vida.
El piloto que unió continentes
En 1926 ingresó en la compañía Latécoère, germen de la legendaria Aéropostale, que transportaba correspondencia entre Francia, España, África y, posteriormente, Sudamérica.
Aquellos vuelos poco tenían que ver con la aviación comercial actual. Los pilotos navegaban sin radar, con instrumentos rudimentarios y enfrentándose a tormentas, montañas y enormes extensiones desérticas. Saint-Exupéry fue destinado a Cabo Juby, en la costa del Sahara, donde además de pilotar debía negociar con tribus locales el rescate de aviadores accidentados.
En 1929, y en plena efervescencia de los vuelos transatlánticos después de la proeza de Ramón Franco en el Plus Ultra, el aviador francés fue enviado a Argentina para dirigir la filial sudamericana de la Aeropostal. Desde Buenos Aires impulsó nuevas rutas aéreas y compartió aventuras con otros pilotos legendarios como Jean Mermoz y Henri Guillaumet, cuyas hazañas inspirarían algunas de sus mejores páginas.
Encontrar inspiración entre las nubes
Aunque El Principito eclipsó por mucho al resto de su producción, Saint-Exupéry ya era un escritor prestigioso mucho antes de publicar ese relato en 1943.
Su primera novela importante fue Correo del Sur (Courrier Sud, 1929), inspirada en sus experiencias transportando correspondencia sobre el desierto africano.
Le siguió Vuelo nocturno (Vol de nuit, 1931), considerada una de las grandes novelas sobre la aviación, en la que explora el sacrificio y el sentido del deber de quienes mantenían abiertas las rutas postales durante la noche. La obra obtuvo el prestigioso Premio Femina.
En Tierra de los hombres (Terre des hommes, 1939), mezcla memorias, filosofía y relatos de vuelo para reflexionar sobre la amistad, la responsabilidad y la solidaridad. Muchos críticos la consideran su obra literaria más madura.
Otro libro menos conocido, Piloto de guerra (Pilote de guerre, 1942), narra sus misiones durante la invasión alemana de Francia y constituye un poderoso testimonio sobre el absurdo de la guerra.
Finalmente, dejó inconclusa Ciudadela (Citadelle), publicada de forma póstuma en 1948. Se trata de una extensa obra filosófica donde vuelca muchas de las ideas sobre el ser humano, el liderazgo y la civilización que habían acompañado toda su vida.
Mucho más que El Principito
Cuando escribió El Principito durante su exilio en Nueva York, Saint-Exupéry ya era un autor reconocido internacionalmente.
Sin embargo, el pequeño libro ilustrado por él mismo terminó convirtiéndose en un fenómeno sin precedentes. Traducido a cientos de idiomas y dialectos, es una de las obras más leídas y editadas de la historia, solo superada por unos pocos textos religiosos.
Paradójicamente, el propio Saint-Exupéry nunca llegó a conocer la magnitud del éxito que alcanzaría su obra más famosa.
El último vuelo
En plena Segunda Guerra Mundial insistió en regresar al servicio activo, a pesar de tener 44 años —muy por encima de la edad habitual para pilotos de combate— y de arrastrar diversas lesiones sufridas en accidentes aéreos.
Integrado en las Fuerzas Aéreas Francesas Libres, fue destinado a una unidad de reconocimiento equipada con el Lockheed F-5B Lightning, una versión con fines fotográficos y sin provisión de armamento alguno del célebre P-38 estadounidense. Su misión consistía en obtener imágenes estratégicas del territorio ocupado antes del desembarco aliado en el sur de Francia.
La mañana del 31 de julio de 1944 despegó desde el aeródromo de Borgo, en Córcega. Debía sobrevolar el valle del Ródano y regresar pocas horas después. Jamás regresó.
Durante décadas, su desaparición alimentó innumerables teorías. En 1998, un pescador encontró frente a las costas de Marsella una pulsera de plata con su nombre y el de su esposa Consuelo. Dos años después se hallaron restos del avión en el fondo del Mediterráneo, hecho que confirmó que el escritor había caído al mar en su aeronave.
Sin embargo, la causa exacta del accidente continúa siendo motivo de debate. Algunos investigadores sostienen que fue derribado por un caza alemán; otros creen que pudo sufrir una falla mecánica o incluso un episodio de desorientación. Ninguna hipótesis ha sido demostrada de manera concluyente.
El hombre que nunca dejó de volar
Ochenta y dos años después de su desaparición, Antoine de Saint-Exupéry sigue ocupando un lugar único en la cultura universal. Fue uno de esos raros creadores cuya vida y obra forman un todo inseparable: el aviador alimentó al escritor, y el escritor convirtió cada vuelo en una reflexión sobre la amistad, el deber, la libertad y la condición humana.
Quizá por eso su final resulta tan simbólico. El hombre que dedicó su existencia a mirar el mundo desde el cielo desapareció precisamente entre las nubes y el mar, dejando tras de sí un misterio que aún hoy despierta fascinación.
Como escribió en una de las páginas más inolvidables de El Principito, "lo esencial es invisible a los ojos". Y tal vez también lo sea el último vuelo del hombre que enseñó a generaciones enteras que solo se ve bien con el corazón.
Cuando Vincent van Gogh murió, el 29 de julio de 1890, apenas había vendido una pintura y era un artista prácticamente desconocido. La historia pudo terminar allí, pero una joven viuda llamada Johanna Van Gogh-Bonger dedicó el resto de su vida a preservar su obra y convencer al mundo de que estaba frente a un genio.
Novelista, dramaturgo, ensayista, crítico musical, activista social y con una de las mentes más afiladas de la literatura universal, el ilustre escritor irlandés transformó el teatro moderno a partir de obras que combinaban humor, crítica social y una extraordinaria profundidad intelectual.
Nacido en Santo Domingo el 22 de julio de 1932, Oscar de la Renta transformó su talento artístico en una de las carreras más brillantes de la alta costura internacional. Sus creaciones desfilaron por las alfombras rojas, las casas reales y la Casa Blanca, pero nunca perdió el vínculo con su país natal, al que siempre llevó en su corazón.