Un cuadro atribuido a Diego Velázquez, que permaneció durante más de seis décadas en manos de una familia francesa, volvió a salir a la luz tras la venta de una vivienda en la isla de Noirmoutier. La obra, un retrato de un joven riendo fechado hacia 1616, parte con una valoración de 800.000 euros.
Hay ocasiones en las que una mudanza o la venta de una casa terminan revelando un auténtico tesoro artístico. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en Noirmoutier-en-l’Île, una localidad de la costa atlántica francesa, donde una familia descubrió que uno de los cuadros que había permanecido durante décadas en su vivienda podría ser una obra de Diego Velázquez, uno de los grandes maestros de la pintura universal.
Se trata de un óleo sobre lienzo titulado “Joven riendo”, fechado alrededor de 1616, que ahora ha sido puesto en el mercado con un precio inicial de aproximadamente 800.000 euros. La noticia, adelantada por medios franceses, ha despertado interés por la rareza de las obras atribuidas directamente al pintor sevillano.
Décadas en una casa familiar
La historia del cuadro tiene un punto de partida perfectamente documentado: 1959, cuando el padre de los actuales propietarios lo adquirió en una subasta celebrada en la región de París.
Durante décadas, la pintura permaneció dentro del ámbito privado de la familia. Primero estuvo en una vivienda parisina y posteriormente fue trasladada a la casa familiar de Noirmoutier. Allí permaneció prácticamente fuera de la mirada pública hasta que la propiedad fue vendida este invierno.
Fue entonces cuando la familia decidió desprenderse también del cuadro y confió su comercialización al anticuarioSerge Thuillier, de 72 años. El especialista ha explicado que la obra se encuentra en sus manos únicamente en depósito, con el propósito de encontrar un comprador.
El detalle que convierte la historia en algo mucho más interesante es que la pintura no apareció de la nada. Su procedencia se puede rastrear hasta el siglo XIX y, según la documentación conservada, habría pertenecido a la colección madrileña de Don Pedro Ximénez de Haro, antes de ser adquirida en 1859 por Paul Lefort, inspector de Bellas Artes.
Peritaje datado en 1959
Como ocurre con muchas obras antiguas cuya autoría ha sido discutida a lo largo del tiempo, la palabra clave en este caso es atribución.
La pintura cuenta con un informe elaborado en 1959 por la Société de Contrôle et d'Expertise de París, que coincide con el momento en que fue adquirida por la familia. Según las fuentes consultadas, aquel estudio consideró que se trataba de una obra auténtica de comienzos del siglo XVII y que no existían elementos que impidieran atribuirla a Velázquez.
Además, la obra aparece mencionada en diferentes publicaciones y repertorios históricos dedicados al pintor español, entre ellos trabajos de Curtis, Nagler y Bermúdez Ceán, así como el Bryan's Dictionary of Painters and Engravers y el célebre Bénézit.
Ese conjunto documental es particularmente importante porque la procedencia y la trazabilidad histórica pueden resultar decisivas a la hora de establecer el valor y la autenticidad de una pintura antigua.
Un joven que sonríe y una técnica que sorprende
La obra representa a un joven en actitud risueña, una temática que encaja con determinadas composiciones de la primera etapa de Velázquez, cuando el artista sevillano experimentaba con personajes populares y escenas alejadas de los grandes retratos cortesanos que definirían buena parte de su producción posterior.
El cuadro tiene unas dimensiones aproximadas de 58 por 42,5 centímetros, según información difundida por medios franceses.
Para Thuillier, la calidad pictórica resulta especialmente llamativa. El anticuario ha destacado, entre otros aspectos, la transparencia conseguida en el cuello de la vestimenta y considera que se trata de una obra con calidad suficiente para un museo. También ha subrayado que el anterior propietario era un auténtico aficionado al arte y no simplemente alguien que hubiera adquirido pinturas como inversión.
¿800.000 euros o mucho más?
La valoración inicial se sitúa en torno a los 800.000 euros, una cifra considerable pero que podría terminar siendo solamente el punto de partida si la atribución a Velázquez recibe un respaldo más amplio dentro del mercado especializado.
Y aquí aparece uno de los elementos que hacen especialmente atractiva esta historia. Las obras de Velázquez son extraordinariamente escasas en el mercado internacional, por lo que incluso piezas relacionadas con su círculo o pinturas antiguas de calidad pueden alcanzar precios elevados cuando cuentan con una procedencia sólida y una documentación convincente.
El propio historial de “Joven riendo” juega a su favor: no solamente existe una tradición familiar que se remonta a 1959, sino también referencias anteriores que permiten reconstruir parcialmente el recorrido de la pintura.
En custoria de un especialista
La aparición del cuadro tiene además una curiosa coincidencia. Para Serge Thuillier, la llegada de esta pieza se produce justo cuando prepara un nuevo capítulo de su trayectoria profesional.
Después de 30 años dedicado a la actividad de anticuario, se dispone a abrir una galería de arte. Y esta obra atribuida a Velázquez se ha convertido, de alguna manera, en la pieza inaugural de esa nueva etapa.
“Joven riendo” se encuentra ahora ante una nueva encrucijada: después de pasar décadas en la intimidad de una familia, podría regresar al circuito público del arte y convertirse en objeto de estudio, exhibición y, finalmente, en patrimonio de un nuevo coleccionista o institución.
La historia recuerda, además, que el patrimonio artístico no siempre se encuentra en los grandes museos o en las casas de subastas más famosas. A veces permanece durante generaciones colgado silenciosamente en una vivienda particular, esperando que una mudanza, una venta o simplemente una mirada más atenta vuelva a ponerlo en el centro de la escena.
Y en este caso, si los expertos terminan consolidando definitivamente la atribución, aquella pintura que durante décadas formó parte de la decoración de una casa francesa podría resultar ser nada menos que un pequeño —pero valioso— capítulo perdido de la juventud artística de Diego Velázquez.
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