¿Por qué se celebra este día?
Hay fechas que conmemoran el nacimiento de una persona, otras recuerdan una batalla y algunas, como esta, celebran una revolución tecnológica.
El 19 de agosto de 1839, la Academia de Ciencias de Francia presentó públicamente el procedimiento desarrollado por Louis-Jacques-Mandé Daguerre, conocido como daguerrotipo. El Gobierno francés había adquirido los derechos del invento a cambio de una pensión vitalicia para Daguerre y los puso a disposición del mundo. Aquella decisión permitió que el nuevo procedimiento se extendiera rápidamente por Europa y América.
Por eso el 19 de agosto se convirtió en la fecha elegida para homenajear a la fotografía.
Pero conviene hacer una pequeña precisión histórica: Daguerre no inventó la fotografía desde cero. Su trabajo fue el resultado de décadas de investigaciones y, especialmente, de la colaboración con otro francés cuyo nombre merece ocupar un lugar destacado en esta historia: Joseph Nicéphore Niépce.
La fotografía, como suele suceder con las grandes revoluciones, tuvo varios padres. Y algunos llegaron antes que la partida de nacimiento.

Antes de Daguerre: cuando la luz todavía no sabía quedarse quieta
Mucho antes de que alguien pudiera conservar una imagen, los artistas y científicos conocían un fenómeno óptico fascinante: la cámara oscura. El principio era sencillo: la luz atravesaba un pequeño orificio o una lente y proyectaba en el interior de una habitación o caja una imagen —que quedaba verticalmente invertida— del exterior.
El problema era el de siempre: la imagen se veía, pero desaparecía cuando desaparecía la luz. No había manera de “atraparla”.
Durante siglos se intentó encontrar una sustancia capaz de registrar y conservar aquella proyección. La química terminaría proporcionando la respuesta.
Uno de los grandes pioneros fue Joseph Nicéphore Niépce, quien experimentó con sustancias fotosensibles hasta desarrollar la heliografía. Hacia 1826 o 1827 consiguió realizar la que generalmente se considera la primera fotografía permanente de la historia, Vista desde la ventana en Le Gras.
La imagen es extraordinariamente modesta para los estándares actuales: unos edificios, árboles y tejados vistos desde una ventana de su propiedad francesa. Pero su importancia es gigantesca. El tiempo de exposición fue de varias horas.
Hoy bastan unas milésimas de segundo.

Niépce comenzó a colaborar con Daguerre en 1829. Ambos buscaban solucionar el mismo problema: conseguir que la luz dejara una huella permanente.
Niépce murió en 1833 sin llegar a contemplar la revolución que estaba a punto de producirse. Daguerre continuó los experimentos y consiguió perfeccionar considerablemente el procedimiento. El nacimiento de la fotografía moderna sería, por tanto, una historia de colaboración, perseverancia y bastante química —literalmente hablando.
Y, por supuesto, también de una considerable cantidad de paciencia.
1839: el daguerrotipo conquista el mundo
El procedimiento que Daguerre presentó oficialmente en 1839 utilizaba una placa de cobre recubierta de plata, cuidadosamente pulida y sensibilizada mediante vapores de yodo.
La placa se introducía en una cámara oscura y se exponía a la luz. Después era revelada mediante vapores de mercurio y fijada con una solución química. El resultado era una imagen de extraordinario detalle.
Pero tenía una particularidad que hoy resulta extraña: cada daguerrotipo era una imagen única. No existía un negativo del que pudieran obtenerse numerosas copias como ocurriría posteriormente con otros procedimientos.
El invento causó tal sensación que los primeros fotógrafos comenzaron a instalar estudios y, de pronto, los ciudadanos que podían permitírselo tenían una nueva posibilidad: conservar su rostro para la posteridad sin depender exclusivamente de un pintor.
Eso sí: hacerse un retrato no era exactamente como hacerse hoy una selfie . Las exposiciones podían durar varios minutos y los modelos debían permanecer prácticamente inmóviles. Los primeros retratados tuvieron que aprender una virtud que las redes sociales modernas han contribuido a destruir: tener paciencia.
El daguerrotipo se extendió con rapidez extraordinaria. El Metropolitan Museum of Art señala que durante las dos décadas siguientes se realizaron millones de estas imágenes en Europa y Estados Unidos.

Del metal al papel: la fotografía se vuelve reproducible
Sin embargo, el daguerrotipo no fue la única vía. En Inglaterra, William Henry Fox Talbot desarrolló casi simultáneamente el calotipo, un procedimiento que utilizaba un negativo de papel a partir del cual podían realizarse múltiples copias.
Aquello supuso una diferencia fundamental, ya que el daguerrotipo —aunque producía una imagen extremadamente detallada— lo hacía por única vez. En cambio, el sistema de Talbot permitía reproducir las imágenes a partir de una original. El futuro de la fotografía comenzaba a parecerse mucho más a lo que se conoce hoy.
Durante las décadas siguientes aparecieron nuevos procesos, como los negativos de vidrio y las placas húmedas de colodión, con lo que la fotografía dejó de parecerse a un “cuadro instantáneo”, y empezó a salir de los estudios.
Paisajes, guerras, expediciones científicas, acontecimientos políticos, ciudades, personajes públicos y escenas de la vida cotidiana comenzaron a quedar registrados en imágenes. La humanidad estaba creando, por primera vez, una memoria visual relativamente masiva de sí misma.
La fotografía entra en la vida cotidiana
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la tecnología continuó simplificándose. Las cámaras fueron haciéndose más manejables, los tiempos de exposición disminuyeron y aparecieron procedimientos que facilitaron la preparación y conservación de las placas.
Después llegó uno de los grandes cambios de la historia fotográfica: George Eastman funda la Eastman Dry Plate Company, y crea la Kodak.
En 1888, Kodak comenzó a popularizar una cámara sencilla con película en rollo. Su célebre filosofía comercial consistía en separar al consumidor de buena parte de la complejidad técnica. Ya no era necesario ser químico, óptico y fotógrafo al mismo tiempo, pues la propia cámara hacía buena parte del trabajo.
La fotografía comenzó a convertirse en una actividad popular.

A comienzos del siglo XX, la aparición de cámaras más pequeñas y económicas amplió todavía más el fenómeno.
Y en 1925, la llegada de la Leica I, basada en película de 35 milímetros, ayudó a impulsar una fotografía más ligera y espontánea, especialmente importante para el fotoperiodismo. El fotógrafo podía abandonar el trípode, desplazarse, esperar el momento y capturar la escena.
La fotografía empezaba a convertirse en testigo de la historia.
De las guerras a las calles: la fotografía como documento
El siglo XX convirtió a la fotografía en una herramienta fundamental del periodismo. Las guerras mundiales, la Gran Depresión, las revoluciones, los movimientos sociales, las migraciones y los grandes acontecimientos deportivos quedaron registrados por fotógrafos que comenzaron a adquirir una nueva condición: la de testigos profesionales de su tiempo.
Nombres como Robert Capa, Dorothea Lange, Henri Cartier-Bresson, Margaret Bourke-White o W. Eugene Smith demostraron que una fotografía podía informar, denunciar, emocionar y, en ocasiones, cambiar la percepción de un acontecimiento.
Cartier-Bresson popularizó además la idea del "instante decisivo": ese momento fugaz en el que composición, acción y significado coinciden.
La fotografía dejó de ser solamente una forma de conservar recuerdos y ye convirtió en periodismo, arte, propaganda, ciencia, publicidad y documento histórico.

El color cambia la manera de mirar
Durante mucho tiempo, la fotografía estuvo asociada al blanco y negro. El color ya se había intentado desde el siglo XIX, pero los procesos eran complejos y poco prácticos. El desarrollo de películas comerciales en color permitió finalmente que las imágenes cromáticas se incorporaran a la vida cotidiana.
Kodachrome, introducida comercialmente en 1935, se convirtió en uno de los grandes nombres de la fotografía en color.
La aparición de películas como Kodachrome y posteriormente otras emulsiones de mayor sensibilidad hizo que el mundo fotografiado comenzara a parecerse cada vez más al mundo que veían nuestros ojos.
Aunque, como demostraría la historia, el blanco y negro jamás desaparecería. Porque algunas fotografías parecen decir más cuando se les quitan los colores.
Polaroid y la revolución de la fotografía instantánea
En 1948 apareció otro invento que cambió radicalmente la experiencia de fotografiar: la Polaroid Land Camera.
Su creador, Edwin Land, consiguió convertir el proceso fotográfico en algo prácticamente inmediato. El usuario hacía la fotografía y esperaba apenas unos minutos para verla aparecer. No había que llevar el rollo a revelar. No había que esperar.
La fotografía acababa de aprender a ser impaciente.

La fotografía instantánea se convirtió en un fenómeno cultural y posteriormente adquirió una dimensión artística propia. Las cámaras Polaroid fueron utilizadas por fotógrafos, artistas, cineastas y aficionados durante décadas.
Incluso cuando la fotografía digital parecía haberlas condenado al museo, la estética instantánea regresó con fuerza. La historia de la fotografía tiene esa costumbre: enterrar una tecnología y después convertirla en moda vintage.
1975: nace la fotografía digital
La siguiente revolución ocurrió en un laboratorio de Eastman Kodak, y paradójicamente fue protagonizada por una tecnología que amenazaría el negocio tradicional de la propia compañía.
En diciembre de 1975, el ingeniero Steven Sasson construyó la primera cámara digital autónoma funcional.
Aquel aparato no se parecía precisamente a un teléfono inteligente. Pesaba alrededor de 3,6 kilogramos, utilizaba un sensor CCD de apenas 100 × 100 píxeles, capturaba imágenes en blanco y negro y almacenaba la información en una cinta de casete digital. Cada fotografía tardaba unos 23 segundos en registrarse.
La primera imagen fue la de una técnica de laboratorio llamada Joy Marshall. La cámara tenía una resolución de apenas 0,01 megapíxeles. Para comparar: un teléfono actual puede ofrecer decenas de megapíxeles.
Aquella primera cámara digital parecía poco más que un experimento de laboratorio. Pero contenía la semilla de una transformación gigantesca: la imagen podía convertirse en información electrónica, con lo que la fotografía ya no necesitaba película.

De los píxeles a la cámara que todos llevan en el bolsillo
Durante los años 90, la fotografía digital avanzó rápidamente. Aparecieron sensores con mayor resolución, sistemas de almacenamiento más eficientes y cámaras cada vez más pequeñas. En 1991, Kodak presentó el sistema DCS, uno de los primeros sistemas profesionales digitales basados en una cámara réflex convencional.
Pero la auténtica revolución llegó cuando la tecnología digital abandonó los equipos profesionales y comenzó a incorporarse a las cámaras de consumo.
A finales de los 90 y comienzos de los 2000, las cámaras digitales compactas comenzaron a desplazar a las cámaras de película.
El proceso tenía ventajas enormes: se podía comprobar inmediatamente la fotografía en la pantalla posterior, borrar las tomas fallidas, almacenar cientos de fotografías y transferirlas a un ordenador sin necesidad de revelar nada.
La fotografía había pasado de ser química a ser informática.
El mundo entero se convierte en fotógrafo
La tecnología de telefonía móvil —un salto cuántico gracias al avance de las baterías de litio y las pantallas OLED— permitió la incorporación de cámaras cada vez más sofisticadas a los teléfonos, lo que produjo una transformación todavía mayor.
La cámara dejó de ser un objeto que había que recordar llevar, sino que pasó a estar permanentemente en la mano o bolsillo de cada usuario —virtualmente, de cada persona sobre el planeta.
La fotografía digital se integró con internet, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. Una imagen podía ser tomada, editada y enviada al otro lado del planeta en cuestión de segundos.
La diferencia con 1839 resulta casi absurda: Daguerre necesitaba una placa metálica, productos químicos, una cámara voluminosa y un proceso de revelado.
Actualmente es apuntar, tocar la pantalla y enviar la fotografía casi que antes de que el modelo frente a la cámara haya terminado de esbozar su sonrisa

La tecnología también cambió lo que se entiende por fotografía. La fotografía digital permite combinar varias exposiciones, corregir automáticamente iluminación y color, ampliar imágenes mediante algoritmos, desenfocar fondos y producir imágenes nocturnas que hace unas décadas habrían requerido equipos profesionales.
La inteligencia artificial ha añadido otra capa todavía más compleja: hoy una imagen digital puede ser modificada, reconstruida o incluso generada sin que exista una fotografía convencional detrás.
Y eso plantea una pregunta que Niépce, Daguerre y Talbot jamás tuvieron que hacerse: ¿Cuándo una imagen deja de ser una fotografía y se convierte en otra cosa?
De testimonio a creación: la fotografía también es arte
La historia de la fotografía no puede reducirse a una sucesión de avances tecnológicos. Desde sus comienzos, la fotografía mantuvo una doble naturaleza: herramienta científica y medio artístico. El Metropolitan Museum destaca precisamente esa dualidad que acompañó al medio desde su nacimiento.
Los primeros fotógrafos ya componían cuidadosamente sus imágenes. Posteriormente, fotógrafos como Ansel Adams, Man Ray, Cindy Sherman, Diane Arbus, Sebastião Salgado, Yousuf Karsh , Annie Leibovitz o Steve McCurry ampliaron las posibilidades expresivas del medio.
La fotografía puede documentar la realidad, pero también interpretarla.
Puede registrar un rostro o construir un personaje.
Puede denunciar una injusticia o vender un perfume.
Puede ser una prueba histórica o una obra de arte.
Puede conservar la memoria de una persona que ya no está.
Y puede, también, convertirse en una mentira visual extraordinariamente convincente.

Una ventana hacia la memoria de la humanidad
Quizá el mayor logro de la fotografía no sea haber conseguido reproducir fielmente una imagen. Su verdadera revolución consistió en cambiar la relación del humano con el tiempo. Antes de ella, conservar el rostro de una persona dependía de un retrato realizado por un artista. Registrar una guerra exigía relatos escritos, dibujos o grabados. Con la fotografía, la humanidad adquirió una forma de memoria visual directa.
Cada generación ha dejado millones de imágenes. Algunas son obras maestras, otras son documentos históricos, muchas son simples recuerdos familiares.
Y probablemente la inmensa mayoría de las fotografías tomadas hoy no volverán a ser contempladas jamás. Pero entre esos millones de imágenes hay momentos capaces de sobrevivir durante siglos.
Desde aquella borrosa Vista desde la ventana en Le Gras de Niépce hasta la fotografía que alguien toma hoy con su teléfono, han pasado unos 200 años de evolución tecnológica.
La cámara se hizo más pequeña. La exposición pasó de horas a fracciones de segundo. La película fue sustituida por sensores. El revelado químico dio paso al procesamiento digital. Y la fotografía, que comenzó siendo una rareza reservada a unos pocos, terminó instalada en el bolsillo de prácticamente todo el planeta.
Hoy, 19 de agosto de 2026, el Día Internacional de la Fotografía celebra todo ese recorrido. Pero también celebra algo más sencillo y más humano, la necesidad de decir "Yo estuve allí."
Y dejar una imagen para demostrarlo.
Con información e imágenes de:
Britannica
The Metropolitan Museum of Art
invent.org
Clarín