Se cumplen 49 años de la muerte de Julius Henry Marx, el hombre que convirtió el sarcasmo en una forma de arte y que hizo del puro, el bigote pintado, las cejas arqueadas y la respuesta insolente una de las identidades más reconocibles de la cultura popular del siglo XX.
Julius Henry Marx nació el 2 de octubre de 1890 en Nueva York, en el seno de una familia de inmigrantes judíos de origen alemán. Era el tercero de los hermanos Marx que terminarían convirtiéndose en una de las compañías cómicas más famosas de la historia: Chico, Harpo, Groucho, Gummo y Zeppo.
Si alguien hubiera informado a aquella familia de que uno de sus hijos acabaría siendo considerado uno de los grandes comediantes del siglo XX, probablemente Groucho habría contestado que la familia no tenía por qué recibir noticias tan deprimentes.
Porque su gran talento no consistía solamente en contar chistes. Groucho poseía una extraordinaria capacidad para desarmar una conversación, ridiculizar una autoridad, convertir una situación cotidiana en absurdo y responder a una pregunta razonable con algo completamente disparatado.
Su humor tenía algo de francotirador verbal: esperaba, apuntaba y disparaba.
Y casi nunca fallaba.
Antes del puro, el bigote y las cejas: un cantante con aspiraciones
La carrera de Groucho comenzó mucho antes de que aparecieran el bigote, el puro y aquella característica manera de caminar.
En 1905, cuando todavía no había cumplido los 15 años, consiguió su primer trabajo profesional como cantante. Había formado parte del coro de una iglesia de Manhattan y un buen día, inspirado por su tío materno, el artista de vodevil Al Shean, respondió a un anuncio que buscaba un muchacho para incorporarse al LeRoy Trio.
Fue, por tanto, cantante antes que humorista.
Durante esos primeros años recorrió los escenarios del vodevil, un mundo en el que los artistas podían ser cantantes, bailarines, actores, comediantes y cualquier otra cosa que permitiera llevar el próximo plato a la mesa familiar.
Poco después se incorporaron sus hermanos y el grupo comenzó a transformarse en lo que terminaría siendo los Marx Brothers. Inicialmente fueron conocidos como The Three Nightingales y posteriormente como The Four Nightingales. Su madre, Minnie Schömberg, fue quien ejerció como representante y organizadora de la familia.
El camino hacia el éxito no fue precisamente una alfombra roja. Hubo teatros modestos, giras agotadoras y actuaciones por las que apenas recibían dinero. Pero los hermanos fueron desarrollando progresivamente sus personalidades escénicas.
Y ahí comenzó la metamorfosis.
Groucho abandonó poco a poco los personajes anteriores y desarrolló el carácter que acabaría convirtiéndose en su sello: el sujeto insolente, oportunista, descarado y verbalmente imparable.
La Primera Guerra Mundial incluso influyó indirectamente en su evolución. Había utilizado inicialmente un acento alemán para uno de sus personajes —sus padres habían llegado de la Alsacia ocupada tras la guerra franco-prusiana—, pero el sentimiento antialemán que se extendió en Estados Unidos hizo que abandonara aquella caracterización y se inclinara por el rápido parloteo del personaje que se conoció mundialmente.
El bigote de pintura negra, las cejas exageradas, los anteojos, el puro y aquella peculiar forma de caminar terminaron de completar el disfraz.
Groucho ya estaba listo.
Cuando el caos aprendió a trabajar en equipo
Los hermanos Marx llegaron a Broadway con espectáculos como I'll Say She Is, The Cocoanuts y Animal Crackers, y posteriormente dieron el salto definitivo al cine.
Su primera película, un filme mudo realizado en 1921, prácticamente desapareció de la historia: solo se proyectó una vez y se considera perdida. La verdadera carrera cinematográfica comenzó una década después, cuando The Cocoanuts y Animal Crackers fueron trasladadas a la pantalla.
A partir de ahí llegarían algunas de las grandes obras maestras de la comedia cinematográfica: Monkey Business, Horse Feathers, Duck Soup, A Night at the Opera y A Day at the Races, entre otras.
Groucho solía representar al líder verbal del caos: un personaje que podía entrar en una habitación con una autoridad perfectamente establecida y salir de ella dejando a todo el mundo con el interrogante de quién había cometido el error de invitarlo.
Su relación cómica con Margaret Dumont se convirtió en otro de los grandes clásicos del cine. Ella interpretaba habitualmente a la dama respetable, rica y aristocrática que servía como blanco perfecto para las insinuaciones y las insolencias de Groucho.
Dumont confesó que nunca entendía completamente sus chistes. Groucho consideraba aquello como una virtud.
La maquinaria de los Marx funcionaba porque cada hermano tenía un lenguaje propio: Harpo era el silencio y la anarquía física; Chico, el juego verbal y la picaresca; Groucho, la ametralladora de palabras.
El resultado fue una forma de comedia que atacaba la autoridad, las instituciones, las convenciones sociales y, de paso, cualquier persona que tuviera la mala suerte de encontrarse cerca.
«La radio me dio una casa; la televisión, una audiencia»
Cuando el cine dejó de ser su único territorio, Groucho demostró que su humor funcionaba incluso sin necesidad de tener a Harpo y Chico a su lado.
En 1932 protagonizó junto a Chico el programa radiofónico Flywheel, Shyster and Flywheel, una serie breve sobre las desventuras de un bufete de abogados. Los guiones fueron considerados perdidos durante décadas hasta que aparecieron copias en la Biblioteca del Congreso en 1988.
Pero su gran triunfo individual llegaría con You Bet Your Life. El programa comenzó en radio en 1947 y pasó a la televisión en 1950, donde permaneció hasta 1961. La estructura era sencilla: concursantes, preguntas y premios.
Lo que no estaba en el contrato era Groucho.
El humorista conversaba con los participantes, improvisaba, se burlaba de ellos, hacía preguntas absurdas y convertía las entrevistas previas al concurso en el verdadero espectáculo.
La famosa frase «Say the secret word...» se convirtió en una de las marcas del programa. El secreto de You Bet Your Life era que nadie sabía exactamente qué iba a ocurrir. Ni siquiera Groucho.
Y probablemente esa era la parte que más le gustaba.
También escribió libros (porque hablar demasiado no era suficiente)
Groucho fue además un escritor considerablemente prolífico. Su primer gran libro fue Groucho and Me, publicado en 1959, una autobiografía tan poco convencional como cabía esperar de él. Allí relató sus primeros años, la vida con sus hermanos y su carrera, pero siempre filtrándolo todo a través de su peculiar sentido del humor.
En 1963 publicó Memoirs of a Mangy Lover, una colección de historias y observaciones sobre el amor y las relaciones que, como prácticamente todo lo que escribía, debía leerse con una ceja levantada.
En 1967 aparecieron The Groucho Letters, recopilación de cartas escritas por él, y durante los años 70 continuó publicando y colaborando en libros relacionados con su vida y su trabajo.
En 1976 aparecieron The Secret Word Is Groucho, escrito junto a Hector Arce y dedicado a You Bet Your Life, y The Groucho Phile, una obra ilustrada sobre su trayectoria.
Incluso Beds, un libro que había publicado originalmente décadas antes, tuvo una nueva edición en 1976 con una introducción escrita por el propio Groucho.
Sus libros confirman algo importante: el humor de Groucho no dependía exclusivamente de su presencia física. Su auténtico instrumento era el lenguaje.
Groucho en estado puro
Si Groucho hubiera tenido que elegir entre dejar una estatua de sí mismo o una buena frase, probablemente habría pedido que vendieran la estatua y se quedaran con el dinero.
Su legado verbal está lleno de frases célebres, aunque conviene recordar que algunas de las que circulan por internet atribuidas a él son apócrifas o versiones posteriores.
Entre las auténticamente documentadas destaca la famosa renuncia al Friars Club, que Groucho contó en Groucho and Me:
«No quiero pertenecer a ningún club que acepte como miembro a alguien como yo».
La frase es tan perfecta que parece inventada para Groucho. Y, efectivamente, se ha repetido y reformulado durante décadas.
Otra de sus grandes especialidades era la inversión del sentido común:
«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados».
Y una de las más célebres resume perfectamente su relación con la vida:
«Fuera del perro, un libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, está demasiado oscuro para leer».
También dejó una sentencia que parece escrita para cualquier conversación sobre su carrera:
«He tenido una noche maravillosa, pero no ha sido esta».
Y cuando alguien intentaba llevarlo hacia la solemnidad, Groucho solía recordar que la solemnidad era una enfermedad que se curaba con una buena dosis de irreverencia.
Su humor no pretendía simplemente provocar la risa. Pretendía demostrar que las cosas que parecían respetables podían ser completamente ridículas si uno las miraba desde el ángulo adecuado.
El último Groucho: un viejo cómico que se negó a desaparecer
En los años 60 su presencia cinematográfica fue disminuyendo. Su última película fue Skidoo, dirigida por Otto Preminger y estrenada en 1968, una comedia psicodélica que no figura precisamente entre las obras maestras de su filmografía.
Pero Groucho todavía tenía una carta bajo la manga: él mismo. En 1972 regresó a los escenarios con An Evening with Groucho, un espectáculo individual que lo llevó incluso al Carnegie Hall de Nueva York. La actuación fue posteriormente publicada como álbum doble.
Aquel regreso demostró que su capacidad para improvisar y conversar con el público seguía intacta, aunque su salud ya se había deteriorado considerablemente.
Ese mismo año recibió en Cannes el título de Comendador de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. Dos años después llegaría uno de los grandes reconocimientos que la industria le debía.
El Oscar que llegó cuando ya podía burlarse de Hollywood
El 2 de abril de 1974, Jack Lemmon entregó a Groucho un Oscar honorífico durante la 46.ª ceremonia de los premios de la Academia. El premio reconocía «su brillante creatividad y los logros incomparables de los hermanos Marx en el arte de la comedia cinematográfica».
Groucho, ya visiblemente frágil, aceptó el premio y recordó a sus hermanos fallecidos, Harpo y Chico. Era un momento solemne.
Pero por supuesto, Groucho hizo lo posible para que no lo pareciera demasiado.
Después de décadas haciendo pedazos la pomposidad de Hollywood, el propio Hollywood terminaba inclinándose ante él. Era difícil imaginar un final más apropiado.
El adiós
La salud de Groucho empeoró durante sus últimos años. En junio de 1977 ingresó en el Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles debido a una neumonía que terminó agravándose. Murió allí el 19 de agosto de 1977, a los 86 años.
Había pasado más de siete décadas en el mundo del espectáculo: vodevil, Broadway, cine, radio, televisión, música, libros y escenarios.
El momento de su muerte tuvo además una curiosa ironía histórica. Groucho falleció apenas tres días después de Elvis Presley, cuya muerte acaparó buena parte de la atención mediática mundial. Hasta después de muerto, Groucho tuvo que compartir el protagonismo.
Probablemente le habría parecido una falta de educación.
Todavía está en la conversación
Cuarenta y nueve años después de su muerte, Groucho Marx sigue siendo reconocible incluso para quienes jamás han visto una película de los Marx Brothers.
El bigote pintado, el puro, las cejas arqueadas y las gafas se transformaron en una especie de jeroglífico universal del humor. Pero reducirlo a esa imagen sería quedarse con el disfraz y perder al artista.
Groucho fue un revolucionario de la palabra. Entendió que el lenguaje podía ser un arma contra la solemnidad y que una buena respuesta podía resultar mucho más devastadora que un puñetazo.
Su influencia se extendió sobre generaciones de comediantes, desde Woody Allen hasta Monty Python y buena parte de la comedia televisiva contemporánea.
Y quizá ahí esté su verdadera inmortalidad.
Porque las modas pasan, los estudios cierran, los programas terminan y las películas envejecen. Pero mientras exista alguien dispuesto a responder una pregunta seria con una barbaridad ingeniosa, Groucho seguirá sentado en alguna parte, encendiendo un puro y preguntándose por qué demonios alguien decidió tomarse la vida en serio.
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