El 27 de enero de 1901 en Milán se apagaba la luz que iluminó décadas del romanticismo musical. Su legado, que abarca desde dolorosos dramas hasta melodías inolvidables, ha influido en la unificación de Italia y en generaciones de músicos. Muchas de sus óperas se interpretan aún hoy en los grandes teatros del mundo.
Giuseppe Fortunino Francesco Verdi nació el 9 o 10 de octubre —no hay registro histórico exacto de ello— de 1813 en Le Roncole, una aldea cercana a Busseto, en el ducado de Parma, que para esas fechas estaba bajo control francés. Proveniente de una familia de más que modesta posición —su padre era posadero y agricultor, mientras que su madre se dedicaba al hilado—, el joven Giuseppe mostró tempranamente inclinaciones musicales. A los siete años, comenzó a recibir lecciones de órgano en la iglesia local, y pronto se convirtió en asistente del organista.
Con el apoyo de un mecenas local, Antonio Barezzi, Verdi se trasladó a Busseto para estudiar con Ferdinando Provesi, maestro de capilla. Esta etapa formativa incluyó lecciones de composición y contrapunto, esenciales para su desarrollo. Para el año 1832, intentó ingresar al Conservatorio de Milán, pero fue rechazado por exceder la edad límite y por supuestas deficiencias técnicas. Sin embargo, perseveró con estudios privados bajo Vincenzo Lavigna, primer violín de la orquesta de La Scala, lo que le permitió absorber las tradiciones operísticas italianas de compositores como Gioacchino Rossini, Vincenzo Bellini y Gaetano Donizetti.
Inicios en la composición
La carrera de Verdi comenzó con desafíos personales y profesionales. En 1836, se casó con Margherita Barezzi, hija de su benefactor, con quien tuvo dos hijos que murieron en la infancia. El destino volvería a golpear al músico poco tiempo después: Margherita falleció en 1840, lo que sumió a Verdi en una profunda depresión. Su primera ópera, Oberto, conte di San Bonifacio, se estrenó en La Scala en 1839, aunque con éxito relativo, pero de todas maneras le fue beneficiosa para ir abriendo algunas puertas que le significaron posteriores contratos.
El punto de inflexión llegó en 1842 con Nabucco, cuya partitura cautivó al público milanés. El célebre coro "Va, pensiero" se convirtió en un himno no oficial para el movimiento de unificación italiana, conocido como Risorgimento. Esta obra marcó el inicio de su fama, seguida por éxitos como I Lombardi alla prima crociata (1843), Ernani (1844) y Giovanna d'Arco (1845), que realzaron su reputación en Italia y Europa.
En plena juventud, los temas que abordaba siempre enfocaban el patriotismo y las luchas por la libertad de los pueblos.
En el plano personal, el compositor vivió varios años solo en su viudez, y hacia principios de 1850, conoció a Giuseppina Strepponi, una soprano belcantista con quien inició una relación más formal. Después de convivir durante años en pareja —algo que causó cierto escándalo social para la época—, decidieron casarse formalmente en una ceremonia secreta el 29 de agosto de 1859 en Collonges-sous-Salève.
Períodos estilísticos en su carrera
La evolución de Verdi se divide en etapas que reflejan su maduración artística, desde la influencia del bel canto —con Bellini y Donizetti como guías y principales representantes— hasta innovaciones dramáticas que priorizaban la caracterización psicológica sobre las técnicas vocales.
Período temprano (1839-1850)
En sus primeras óperas, Verdi adhirió a las convenciones del bel canto, pero infundió mayor vigor dramático y orquestal. Influenciado por Donizetti y Bellini, obras como Macbeth (1847) introdujeron elementos shakesperianos, con énfasis en la psicología de los personajes. Luisa Miller (1849) mostró transiciones hacia un estilo más romántico, con melodías expresivas y conflictos emocionales intensos.
La trilogía popular (1851-1853)
Este breve pero prolífico período produjo tres obras que aún son consideradas epítomes de la ópera: Rigoletto (1851), Il trovatore (1853) y La traviata (1853). Estas óperas destacaron por su innovación en la estructura, con arias integradas al drama y personajes psicológicamente complejos, como el jorobado Rigoletto o la cortesana Violetta. Verdi refinó el equilibrio entre melodía y narrativa, para ir más allá de la rigidez que imponía el bel canto.
Madurez y obras posteriores (1855-1893)
En su etapa madura, Verdi experimentó con formas grandiosas, influenciado por la grand opéra francesa. Les vêpres siciliennes (1855), Simon Boccanegra (1857, revisada en 1881) y Un ballo in maschera (1859) exploraron temas políticos y humanos. La forza del destino (1862) y Don Carlos (1867) incorporaron elementos wagnerianos, como sutiles leitmotive —motivos guía:melodías que se incluyen en diferentes momentos de la composición.
Una de sus composiciones más ambiciosas fue la ópera Aida (1871), que le fue encargada para la inauguración del Canal de Suez. La obra representó el clímax de su grandiosidad escénica.
Tras un retiro aparente, colaboró con el libretista Arrigo Boito en Otello (1887) y Falstaff (1893), óperas de refinada orquestación y origen shakespeariano. Se dice que el drama de Otello, el moro veneciano, es la ópera “más wagneriana” de todas las de Giuseppe Verdi, y de hecho representa una exigencia vocal muy intensa para el tenor que canta el rol protagónico.
Colegas y contemporáneos
Verdi mantuvo vínculos con figuras como Rossini, a quien admiraba como predecesor, y Donizetti, cuya influencia se nota en sus primeras obras. Colaboró estrechamente con libretistas como Francesco Maria Piave y, en su vejez, con Boito, quien revitalizó su creatividad.
Su relación con Richard Wagner, nacido el mismo año, fue de admiración recíproca a distancia. Nunca se llegaron a conocer personalmente, pero Verdi tuvo mucho respeto por las innovaciones wagnerianas en la integración de música y drama, mientras Wagner elogió la melodicidad verdiana. Ambos representaron polos opuestos: Verdi, vocal y narrativo; Wagner, sinfónico y mítico. Esta dualidad enriqueció la ópera del siglo XIX, con influencias mutuas en los estilos de sus últimas composiciones.
El excelso compositor alemán falleció en febrero de 1883, y al enterarse Giuseppe Verdi, expresó su congoja en una esquela a su editor Giulio Ricordi:
"¡Triste! ¡Triste! ¡Triste! ... Wagner ha muerto. Al leer la noticia ayer, quedé, por así decirlo, postrado por el dolor. No discutamos el asunto. Una gran personalidad ha desaparecido, un nombre que dejará la huella más poderosa en la historia del arte".
El respeto y la admiración entre los dos más grandes compositores de ópera de la historia era mutuo.
Obras líricas más relevantes
Más allá de la trilogía popular, muchas de las composiciones de Verdi siguen siendo interpretadas en escenarios globales. Entre las de su época temprana se destacan:
Nabucco (1842): Drama bíblico con coros cargados de sentimiento.
Macbeth (1847): Adaptación shakesperiana con énfasis en la ambición y el poder.
Luisa Miller (1849): Una tragedia romántica de clases sociales.
Y ya entrado en su madurez:
Simon Boccanegra (1857/1881): Obra que explora los entresijos del poder y la el valor de la redención.
Un ballo in maschera (1859): Una intriga palaciega con toques de comedia.
La forza del destino (1862): Epopeya con temas de fatalidad.
Don Carlos (1867): El clásico conflicto histórico entre el deber patriótico y el amor.
Aida (1871): Un espectáculo grandioso en el antiguo Egipto.
Sus obras finales —que cierran su prolífica carrera de 28 óperas— Otello y Falstaff, fusionan drama y comedia con maestría orquestal.
Un símbolo político
Durante el Risorgimento, Giuseppe Verdi emergió como emblema de la unificación italiana. Su nombre se transformó en acrónimo: V.E.R.D.I. por "Vittorio Emanuele Re D'Italia", gritado en manifestaciones contra el dominio austriaco. Óperas como Nabucco y I Lombardi inspiraron sentimientos patrióticos, con coros interpretados como alegorías de libertad.
El mismísimo compositor no se quedó al margen de todo ese movimiento y participó activamente. Llegó a ser elegido diputado en 1859 y senador vitalicio en 1874, aunque su influencia fue más cultural que política directa.
Sus últimos años
Tras el estreno triunfal de Aida, Verdi se retiró a su finca en Sant'Agata para dedicarse a la agricultura y a algunas obras benéficas. Compuso el Requiem (1874) en honor a Alessandro Manzoni, una pieza sacra de intensidad operística. Parecía que sería el fin de su carrera, sin embargo, su colaboración con Arrigo Boito lo trajo de vuelta para dos obras inmensas, que marcarían la coda. El drama y el humor shakespereano reaparecieron en Otello y Falstaff, respectivamente, con lo que —ya casi octogenario— Verdi volvía a demostrar su talento y vitalidad creativa.
Para esas fechas, el afamado compositor fundó también la Casa di Riposo per Musicisti en Milán, un hogar de retiro para músicos ancianos. Un gesto de generosidad que habla por sí mismo del alma de Giuseppe Verdi.
Su legado perdura en el repertorio operístico mundial, y ha inspirado a compositores posteriores por haber podido encarnar la fusión entre arte y patriotismo.
El adiós
Giuseppe Verdi sufrió un derrame cerebral el 21 de enero de 1901 en el Grand Hotel de Milan, donde residía. Falleció seis días después, el 27 de enero, a los 87 años.
“Quiero que mi funeral sea sumamente sencillo y que tenga lugar al amanecer o a la hora del Ave María, sin música ni canto. Bastará con dos sacerdotes, dos velas y una cruz.”
Su petición fue respetada, en la medida de lo posible. Sin embargo, cuando la gente de su pueblo que se acercó a darle el último adiós empezó a entonar tenuemente “Va, pensiero sul'alli dorate…”, muchos más se empezaron a sumar en el dolor de la despedida en el Cementerio Monumental.
Un mes más tarde, sus restos se trasladaron a la casa de retiro que él mismo había fundado años antes. Esa fue una ceremonia mucho más solemne y grandiosa, con las calles de Milán abarrotadas de gente, y un coro —ya no improvisado, de más de 800 cantantes— entonó el “Va pensiero” final, dirigido nada menos que por Arturo Toscanini.
Hoy, a 125 años del paso a la eternidad de Giuseppe Verdi, su música sigue resonando en teatros de todo el mundo, sus arias siguen en las voces de sopranos, mezzos, tenores, barítonos y bajos, y no hay estudiante de canto lírico que no tenga alguna de ellas como favorita en su repertorio.
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