A los 46 años, el 30 de noviembre de 1900, moría en una modesta habitación del Hotel d’Alsace de París el escritor que había sido la voz más brillante y provocadora de la Inglaterra victoriana. Exactamente 125 años después, su figura sigue encarnando el choque entre genio, belleza y castigo social.
Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854 en Dublín, hijo de un prestigioso cirujano y de Jane Francesca Elgee, poetisa nacionalista irlandesa que firmaba como Speranza. Educado en el Trinity College y luego en Oxford, donde obtuvo el Newdigate Prize de poesía, el joven Wilde cultivó desde temprano la imagen del dandi que escandalizaría y fascinaría a la alta sociedad.
En 1882 emprendió una gira de conferencias por Estados Unidos y Canadá bajo el lema “El Renacimiento inglés del Arte”. Regresó convertido en símbolo del esteticismo: “La vida debe imitar al arte, no el arte a la vida”. Sus trajes de terciopelo, el girasol o el lirio como emblema, y frases como “Solo tengo gusto superficial: mi gusto es profundo” lo transformaron en celebridad antes de publicar casi nada.
La década dorada: 1890-1895
Entre 1890 y 1895 Wilde alcanzó la plenitud creativa y social. Publicó su única novela, El retrato de Dorian Gray (1890-1891), que escandalizó por su defensa implícita del hedonismo y la belleza sin moral. Le siguieron cuatro comedias maestras que dominaron el West End londinense:
El abanico de Lady Windermere (1892)
Una mujer sin importancia (1893)
Un marido ideal (1895)
La importancia de llamarse Ernesto (1895)
Esta última, estrenada el 14 de febrero de 1895, es considerada la cumbre de la comedia de costumbres inglesa por su ingenio verbal. Su título guarda un juego de palabras en inglés porque "Ernest" es un nombre masculino, mientras que earnest significa "serio" o "formal". La obra satiriza la hipocresía de la sociedad victoriana donde la seriedad era valorada, pero a menudo solo superficialmente.
En paralelo, escribió en francés la tragedia bíblica Salomé (1891), prohibida en Londres por mostrar figuras sagradas en escena, y que Richard Strauss convertiría en ópera en 1905.
El proceso y la caída
El 18 de febrero de 1895, el marqués de Queensberry, padre de lord Alfred Douglas —amante de Wilde—, dejó su tarjeta en el Albemarle Club con la inscripción “For Oscar Wilde, posing sodomite”. Instigado por Douglas, Wilde lo demandó por libelo. El juicio se volvió contra él: fue acusado de “gross indecency” bajo la Ley Labouchère.
Condenado el 25 de mayo de 1895 a dos años de trabajos forzados, pasó por las prisiones de Pentonville, Wandsworth y Reading. Allí escribió De profundis, larga carta-epístola a Douglas publicada póstumamente, y más tarde La balada de la cárcel de Reading (1898), su último texto importante.
Exilio y muerte en París
Liberado en mayo de 1897, arruinado y con la salud quebrada, se exilió en Francia bajo el nombre de Sebastian Melmoth. Vivió de préstamos de amigos, frecuentó cafés del Boulevard Saint-Germain y escribió poco. Murió de meningitis —algunos historiadores hacen referencia a una sífilis no tratada— el 30 de noviembre de 1900. Sus últimas palabras, según la tradición, fueron: “O me voy yo, o se va este empapelado horrible”.
Fue enterrado inicialmente en Bagneux; en 1909 sus restos se trasladaron al cementerio de Père-Lachaise, bajo la célebre escultura modernista de Jacob Epstein.
Legado inextinguible
Wilde anticipó la modernidad al cuestionar la moral burguesa, defender el arte por el arte y convertir la paradoja en instrumento filosófico. Su vida, tan teatral como sus obras, resumió la tragedia del genio que desafía las convenciones de su época. Ciento veinticinco años después de su muerte, pocas figuras literarias siguen generando tanta fascinación, citas y debates sobre la libertad individual frente al poder social.
El 18 de septiembre de 1970, Jimi Hendrix fallecía en Londres con apenas 27 años. En poco más de cuatro años de carrera profesional había transformado las posibilidades de la guitarra eléctrica y se había convertido en una de las figuras esenciales de la música del siglo XX.
A 49 años de su muerte, la figura de María Callas continúa ocupando un lugar único en la historia de la ópera. Su voz inconfundible, su dominio del bel canto, su extraordinaria capacidad dramática y una concepción teatral que transformó la manera de interpretar a las grandes heroínas de la lírica hicieron de ella mucho más que una soprano célebre: la convirtieron en un mito.
Pintor, dibujante y escultor, Fernando Botero creó un universo propio reconocible en cualquier parte del mundo. Sus figuras monumentales, su particular sentido del humor y su mirada sobre la vida cotidiana, la historia y los grandes maestros del arte hicieron de él uno de los creadores latinoamericanos más importantes del siglo XX y comienzos del XXI.