A 110 años de su trágico fallecimiento en el fragor de la Primera Guerra Mundial, la figura de Enrique Granados Campiña se erige como uno de los pilares del modernismo musical español. Compositor y pianista catalán, su obra fusionó el folclore ibérico con las innovaciones europeas de la época.
Infancia en Lérida y sus primeros pasos en Barcelona
Pantaleón Enrique Joaquín Granados y Campiña nació el 27 de julio de 1867 en Lérida, hijo de un militar cubano y de madre gallega. Su talento musical se manifestó desde niño, y a los pocos años la familia se trasladó a Barcelona, donde recibió las primeras lecciones de solfeo.
En 1880 comenzó sus estudios formales con Joan Bautista Pujol en la Academia de Música, un centro que moldeó a varias generaciones de intérpretes. Allí desarrolló su virtuosismo al piano, influido por los grandes románticos, y pronto se distinguió como un intérprete sensible y expresivo.
La experiencia en París
En 1887, cuando aún no había cumplido 20 años, Granados viajó a París para completar su formación. La capital francesa, epicentro del modernismo artístico, dejó una huella profunda en su estilo. Aunque regresó a Barcelona unos años después sin haber completado un conservatorio formal, absorbió las corrientes que entonces revolucionaban la música europea.
De vuelta en su ciudad, fundó la Academia Granados en 1901, una institución que se convirtió en semillero de pianistas de élite, entre ellos Alicia de Larrocha, Rosa Sabater y Frank Marshall. Su labor pedagógica fue crucial para la escuela catalana de piano y proyectó su influencia más allá de las fronteras.
El modernismo español y francés
Granados se inscribió plenamente en el movimiento modernista, especialmente en su vertiente simbolista, junto a otros compositores españoles de su generación. Compartió el ideario nacionalista con Isaac Albéniz, otro catalán que, como él, elevó el piano a vehículo de la identidad ibérica mediante colores folclóricos y ritmos vivos. Aunque Albéniz era siete años mayor y falleció en 1909, ambos representaron el puente entre el romanticismo tardío y las nuevas expresiones del siglo XX. Y yunto a Manuel de Falla, más joven pero contemporáneo en espíritu, Granados formó parte del trío emblemático de la música española moderna, un grupo que reivindicaba las raíces populares sin renunciar a la sofisticación técnica.
Su conexión con el modernismo francés fue igualmente decisiva. Durante su estancia en París y a través de las corrientes que llegaban a Barcelona, Granados dialogó con las innovaciones de Claude Debussy y los impresionistas. Aunque su lenguaje se anclaba en el romanticismo de Frederick Chopin y Robert Schumann, el compositor catalán incorporó armonías sutiles y atmósferas evocadoras que resonaban con la escuela francesa. Esta síntesis —españolismo goyesco con toques impresionistas— definió su voz única y lo situó en el corazón del diálogo cultural entre España y el resto de Europa.
Obras que marcaron su trayectoria
Aunque la creatividad de Granados abarca obras para piano, ópera, zarzuela y música de cámara, es en el repertorio pianístico donde brilla con mayor intensidad. Entre sus piezas más emblemáticas destacan las 12 Danzas españolas, una serie que captura la diversidad regional ibérica con gracia y virtuosismo.
Sin embargo, todos los especialistas y la audiencia coinciden en que su obra cumbre es la suite Goyescas de 1911, inspirada en los cuadros de Francisco de Goya. Esta colección de piezas para piano —que luego adaptó a ópera con libreto de Fernando Periquet— evoca el Madrid del siglo XVIII con una intensidad dramática y una riqueza textural inigualables.
Otros títulos relevantes incluyen los Valses poéticos, las Escenas románticas, las Escenas poéticas y la ópera María del Carmen (1898), así como piezas orquestales como Dante y colaboraciones con el poeta Apel·les Mestres.
Viaje a América y el trágico destino
En 1916, Granados viajó a Nueva York para el estreno de su ópera Goyescas en el Metropolitan Opera, un éxito rotundo que lo llevó incluso a tocar en la Casa Blanca ante el presidente Woodrow Wilson. De regreso a Europa, él y su esposa Amparo Gal Llobreras viajaban a bordo del transbordador Sussex por el canal de la Mancha el 24 de marzo de 1916. En ese momento, un submarino alemán —las crónicas de la época indican que por confusión con un buque de guerra— le lanzó un torpedo que lo alcanzó de lleno. El Sussex sufrió el destrozo de su proa y no tardó en hundirse.
Enrique Granados, rescatado inicialmente en una barcaza de emergencia, se lanzó nuevamente al agua al ver a su esposa en peligro. Ambos fallecieron en el mar. Su muerte, a los 48 años, conmocionó al mundo artístico y truncó una carrera en pleno apogeo.
Más de un siglo después, la música de Enrique Granados permanece como testimonio de un modernismo que supo enraizarse en lo propio sin perder la universalidad. Su piano sigue contando historias de pasión, color y nostalgia, y su academia continúa formando a las nuevas generaciones de intérpretes.
El tenor danés, considerado por muchos el intérprete definitivo de los personajes de Richard Wagner, revolucionó el rol de heldentenor con una voz de potencia legendaria y un timbre heroico. Su carrera fue un emblema de la evolución del tenor wagneriano.
Agustín Castellón Campos, conocido como Sabicas, fue uno de los pilares indiscutibles de la guitarra flamenca. Sin haber nacido en Andalucía, revolucionó el toque con una técnica prodigiosa, llevó el flamenco a escenarios internacionales e inspiró a generaciones de maestros, como Paco de Lucía.
El compositor francés Maurice Ravel estrena en 1928 esta pieza para ballet que, según sus palabras, era un mero experimento orquestal. Con su estructura repetitiva y un crescendo que culmina de manera vivaz, ha ganado fama global por su intensidad rítmica y retos interpretativos, para convertirse en una obra esencial del repertorio clásico mundial.