La intrincada vida de un español que, sin formación militar alguna, tuvo un rol decisivo en la resolución del conflicto bélico. Un relato histórico con matices sorprendentes.
Juan Pujol (Joan, tal su nombre original catalán), había nacido en Barcelona el 14 de febrero de 1912, en el seno de una familia de buen pasar. Terminados sus estudios en el bachillerato, intentó dedicarse al comercio, pero no le fue bien, no era bueno para los negocios. Finalizada la guerra civil española en 1939 y muy resentido tanto con el nazismo alemán como con el comunismo soviético, a los que culpaba de haber propiciado la contienda fratricida en su país, decidió ofrecer sus servicios al MI5 británico como espía. Consideraba al Reino Unido como única potencia capaz de hacer frente al poderoso ejército alemán.
Sin embargo, los ingleses no se interesaron en él, así que optó —con gran dolor— por tocar las puertas del Tercer Reich. Fue reclutado por un oficial de la Abwehr quien le encomendó tareas de espionaje en Gran Bretaña. Trabajaría bajo el nombre en clave “Alaric” —aunque algunas veces también fue mencionado como “Rufus” en ciertos documentos.
En realidad, lo que Pujol hizo fue mudarse a Lisboa, Portugal, y desde allí fingir que trabajaba para los alemanes, enviando datos falsos acerca de la estrategia bélica del Reino Unido, país donde jamás había estado.
En su primera visita a Londres, en 1942, vuelve a ofrecerse como agente, pero esta vez ya podía demostrar un conocimiento cabal del aparato de guerra alemán. Los agentes del MI5 británico, que no le habían quitado el ojo desde aquel momento en que se acercó a la embajada en Madrid años antes, lo adoptan como agente propio y le asignan el nombre Garbo, en honor a la actriz Greta Garbo, por sus altas dotes actorales.
En ese momento pasa a convertirse en un doble espía, el primero y tal vez único en la historia de serlo por propia iniciativa, ya que lo habitual era que se los reclutara y entrenara por un bando, y terminaban del lado opuesto por haber sido secuestrados y descubiertos por el enemigo. Esto, claro está, se dio en aquellos pocos que tuvieron la suerte de no ser fusilados.
El poder de la información, sea verdadera o falsa
Garbo había sabido ganarse la admiración de la jerarquía nazi, cuyos altos mandos le confiaban sus secretos militares y a su vez escuchaban sus informaciones, supuestamente robadas a los británicos. El mismísimo Hitler creía ciegamente en todo lo que “Alaric” les reportaba, puesto que la información que les proveía muchas veces era verídica —aunque tardía ex profeso— o bien contenía datos certeros que la tornaban creíble.
Incluso había sabido entretejer una red de inexistentes informantes que trabajaban para él, y de quienes, de tanto en tanto, deslizaba comentarios acerca sus vidas personales. Sabía perfectamente los problemas financieros, conyugales y de salud que sufrían. Toda una falsa escenografía que le daba contexto a la historia que les había creado a sus superiores militares alemanes.
Así fue que en mayo de 1944 Pujol entrega información “altamente clasificada” acerca de que los aliados planeaban una invasión a Francia llegando desde Inglaterra por el paso de Calais. El Tercer Reich movilizó todas sus tropas del norte de Francia para reforzar esas costas, y el 6 de junio los aliados desembarcaron… 250 km al sureste, en Normandía, sitio desguarnecido y casi sin defensa alemana. Esa épica operación pasó a la historia como El Día D.
Fue el comienzo del fin. El desembarco, incluso con las numerosas pérdidas humanas que hubo, fue un éxito histórico, pues significó que la infantería y la caballería aliadas comenzaban a pisar territorio invadido, con lo que la derrota nazi y posterior liberación de Europa empezaba a tomar forma.
Posguerra y el fin del falso espía
Juan Pujol “Garbo” tuvo un rol gravitante en esa victoria de los aliados. Por increíble que parezca, el Tercer Reich le había entregado en 1944 la Cruz de Hierro, una condecoración que, para ser otorgada a un civil, necesitaba de la aprobación del mismísimo Führer, de quien se sabe que no era muy propenso a dar reconocimientos ni premios.
Y terminada la guerra, la corona británica lo condecoró con la OBE (Order of the British Empire), reconocimiento reservado para unos pocos, que pasan a recibir trato de nobleza: “Sir”. Hasta donde se tiene conocimiento, es la única persona que por su participación en la II Guerra Mundial, fue honrada con medallas de ambos bandos.
Temeroso de la represalia de los alemanes, si se llegaba a descubrir su engaño, a poco de finalizar la guerra huyó hacia África. En 1949, estando en Angola, fingió su muerte por malaria —otros autores mencionan la picadura de una serpiente, una vez más, el engaño hace difusa la historia— y no se supo más de él.
Desentrañando la historia
Hasta aquí, una historia tal vez como varias reales o ficticias que se han leído en novelas o visto en cine de espionaje. Nada que sorprenda demasiado. Sin embargo, ahora viene lo que asombró a todos…
Nigel West es el seudónimo bajo el que un historiador británico, especialista en espionaje, escribía —y continúa aún hoy escribiendo— sus novelas. Se había interesado en ese rarísimo caso del doble espía español que no solo no había tenido formación militar, sino que además provenía de un país no involucrado en el conflicto. Hacia fines de los 70, es decir 30 años después de la supuesta muerte de Garbo, West (su verdadero nombre es Rupert Allason) se puso a investigar acerca de la vida del espía español y siguiendo una pista tras otra, llegó a descubrir que en Angola no había tumba alguna de “Sir” Juan Pujol, sino solo unos pocos documentos que a todas luces se veían falsos.
Donde menos lo esperaba
Su interés aumentó y, como buen investigador, continuó terco e incansable… Su olfato lo llevó a cruzar el Atlántico y en 1984 finalmente lo encontró. Sir Juan Pujol estaba vivo, en buen estado de salud, casado por segunda vez y al frente de su negocio “La Casa del Regalo”, una tienda de papelería y artículos escolares de la que era propietario en Lagunillas, estado Zulia, al oeste de Venezuela.
Había estado viviendo desde su fingida muerte en 1949 entre Caracas, Lagunillas y su querida Maracay, según contó. En los años 50 se había casado con una venezolana llamada Carmen Cilia, con quien tuvo dos hijos y una hija, quien para esas fechas, ya había fallecido, a la temprana edad de 20.
El propio Juan Pujol escribió su autobiografía conjuntamente con el historiador que lo encontró, Rupert Allason —aunque este firmó la obra con su seudónimo de novelista: Nigel West—, y el libro fue publicado en 1985 bajo el título Garbo: El espía del siglo (Operation Garbo: The Personal Story of the Most Successful Spy of World War II es el título original en inglés).
Reencuentro con Europa
En los siguientes años, Juan Pujol tuvo oportunidad de regresar a Londres, donde fue recibido con honores por la entonces primera ministra Margaret Thatcher. Incluso visitó Barcelona y se reencontró con su primera esposa y su hijo, quienes lo creían muerto desde hacía treinta años. Fue entrevistado en el programa “Identitats” de la TV de Barcelona, y contó varias anécdotas de su intrincada y sorprendente historia en un fluido catalán, pese a no haber vivido en su tierra natal por más de cuatro décadas.
El 6 de junio de 1984, al conmemorarse los 40 años del Día D, Juan Pujol viajó a Normandía para visitar las playas donde tuvo lugar aquel épico desembarco y rendir tributo a todos aquellos que dejaron sus vidas allí.
El final del camino
Al poco tiempo, regresó a sus costas caribeñas, tierra amada por adopción, a la que Garbo consideraba su lugar en el mundo… El doble espía más famoso de la Segunda Guerra Mundial falleció el 10 de octubre de 1988 y sus restos descansan en Choroní, Venezuela, su playa favorita, tal como él lo había pedido.
Una modesta tumba, que pasa inadvertida, tal vez sea la última treta del espía que más incidencia tuvo en la historia del Siglo XX.
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