En su más reciente novela, el autor alemán se adentra en los vericuetos de la historia, la creación artística y la complicidad moral mediante la figura del cineasta G.W. Pabst. Una ficción histórica que combina elegancia narrativa, atmósfera inquietante y preguntas profundas sobre el artista frente al poder.
En su reciente novela, Kehlmann parte de la vida de Georg Wilhelm Pabst —uno de los grandes directores del cine mudo y de transición— para construir una novela que explora cómo un artista se ve atrapado entre su vocación creativa y las exigencias de un régimen que lo quiere tanto como instrumento como cómplice. La novela arranca con el ex-asistente Franz Wilzek, ya mayor y con la memoria deteriorada, quien pretende relatar su experiencia en torno a un film inacabado de 1945. A través de este marco, la narración se desplaza desde los años de gloria de Pabst, su huida a Hollywood, su retorno a Europa ocupada, hasta su participación en producciones de propaganda para el régimen nazi. El ambiente es tenso, oscuro, casi asfixiante: Kehlmann recrea la atmósfera de los estudios de cine, los despachos de propaganda, las negociaciones culturales y morales, el brillo del set enfrentado al horror creciente de una Europa en descomposición.
Temas centrales: arte, poder y culpa
Uno de los grandes logros de la novela es su interrogación sobre la relación entre el arte y el poder: ¿cuándo un artista colabora? ¿Cuándo se transforma en instrumento? ¿Puede mantener su integridad cuando su obra pasa a depender de estructuras terroríficas? Como apunta un análisis, “El Director es un retrato doloroso de la disolución moral y artística” bajo el nazismo.
Kehlmann no se limita a narrar hechos históricos; introduce elementos fantásticos, saltos temporales, zonas de sueño y pesadilla que subrayan que la historia del arte puede parecerse demasiado a la historia del horror. El protagonista cree que su silencio o su “trabajo para otro” no cambia nada, pero la novela muestra que sí cambia.
También está el tema de la memoria: la figura de Wilzek al comienzo y al cierre de la novela sugiere que lo ocurrido no es solo pasado, sino fantasma activo que acecha. La cinematografía —y la metafórica “dirección”— se vuelve símbolo de la ilusión, el engaño y la renuncia.
Valor literario y recepción
Las críticas han sido muy positivas: según The Guardian, esta obra podría ser la mejor de Kehlmann hasta la fecha, con una combinación de audacia narrativa, atmósfera onírica y compromiso moral. The New Yorker también la elogia como:
“Una fábula triste de colapso moral y artístico, pero también una novela compuesta con libertad y brillantez”.
El estilo, aunque complejo, es fluido: Kehlmann no sacrifica elegancia narrativa por profundidad, y eso la convierte tanto en una lectura estimulante como accesible para lectores no especialistas.
Conclusión
La novela de Kehlmann no es un biopic ni un documento histórico puro; es una ficción que interpela al presente, al lector, al artista y al ciudadano. Mediante la figura de un creador que quiso mantenerse “solo del lado del arte” y terminó atrapado por la maquinaria del poder, Kehlmann logra hacer mirar al lector lo que muchos prefieren no ver: cómo el glamour puede volverse cómplice, cómo la retina que filma puede también cegar.
Para quienes buscan una lectura que combine historia, reflexión ética y un pulso narrativo refinado, El Director es imprescindible. Y para los lectores que valoran la intersección entre arte y contexto político, esta novela ofrece un espejo —oscuro, bello, inquietante— del momento en que la creación deja de ser sólo creación.
El autor
Daniel Kehlmann nacido en Múnich en 1975, de padre austríaco y madre alemana, se crio entre Viena y Berlín. Es uno de los escritores de habla alemana más destacados de su generación, autor de obras como La medición del mundo (Die Vermessung der Welt) y Tyll, ambas traducidas a decenas de idiomas. Su estilo combina historia, ironía, reflexión filosófica y un agudo interés por los mundos limítrofes entre lo real y lo fabulativo.
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