A 80 años de su muerte, el insigne novelista británico permanece como una de las figuras intelectuales más fascinantes y contradictorias del siglo XX: padre de la ciencia ficción moderna, periodista, socialista, futurista y visionario, pero también un hombre de ideas polémicas y una vida sentimental tan intensa como controvertida.
Herbert George Wells nació el 21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent, en una familia de clase trabajadora. Su padre, Joseph Wells, había sido jugador profesional de críquet y posteriormente comerciante; su madre, Sarah Neal, había trabajado como sirvienta antes de casarse.
La infancia de Wells estuvo marcada por las limitaciones económicas y por una experiencia laboral que detestó profundamente. A los 14 años comenzó como aprendiz en una tienda de telas, un empleo que le resultó monótono y opresivo. Aquella experiencia dejaría una huella permanente en su visión de la sociedad y, años después, alimentaría algunas de sus novelas sobre la lucha de clases y las aspiraciones de las clases trabajadoras.
Su verdadera vocación estaba en otra parte. Consiguió una beca para estudiar en la Normal School of Science de Londres, donde tuvo como profesor al célebre biólogo Thomas Henry Huxley, uno de los principales defensores de las teorías evolucionistas de Charles Darwin, y abuelo del también novelista Aldous Huxley.
La formación científica resultaría fundamental. Wells no sería un escritor de ciencia ficción interesado únicamente en inventar máquinas extraordinarias: detrás de sus monstruos, viajes temporales, invasiones extraterrestres y sociedades futuras siempre habría preguntas sobre la evolución, la desigualdad, el poder, la guerra y el destino de la humanidad.
Una enfermedad de tuberculosis interrumpió sus estudios y lo obligó a pasar largos períodos de recuperación. Durante esa etapa comenzó a escribir con mayor intensidad. Sus primeros textos aparecieron en publicaciones periódicas y, poco a poco, el joven profesor de ciencias empezó a descubrir que podía ganarse la vida con la escritura.
El nacimiento de un nuevo tipo de literatura
La década de 1890 cambió para siempre la trayectoria de Wells y también la historia de la literatura. En 1895 publicó La máquina del tiempo, una novela que introducía al público en una idea que hoy parece familiar pero que entonces resultaba extraordinariamente novedosa: un artefacto capaz de transportar a un ser humano hacia el futuro.
El viaje no era, sin embargo, un simple entretenimiento. Cuando el protagonista llega a un lejano año 802.701 encuentra a los eloi y los morlocks, dos especies descendientes de la humanidad que representan, en una lectura social, la separación extrema entre las clases privilegiadas y las trabajadoras.
Wells había descubierto una fórmula que repetiría con frecuencia: utilizar una premisa fantástica para hablar de problemas muy reales.
Al año siguiente apareció La isla del doctor Moreau, seguida en 1897 por El hombre invisibley, en 1898, por la monumental La guerra de los mundos. En 1901 llegaría Los primeros hombres en la Luna.
En apenas seis años había creado buena parte del repertorio básico de la ciencia ficción moderna.
La guerra de los mundos y el miedo al invasor
La guerra de los mundosmerece un capítulo aparte. La llegada de los marcianos a Inglaterra no era únicamente una historia de invasión extraterrestre. Wells utilizó la perspectiva de una humanidad aparentemente indefensa frente a una civilización tecnológicamente superior para invertir los papeles del imperialismo.
El Imperio británico dominaba enormes territorios del planeta y había impuesto su poder sobre poblaciones consideradas inferiores. Wells planteó una pregunta incómoda: ¿qué ocurriría si los británicos fueran tratados como ellos habían tratado a otros pueblos?
La novela se convirtió en uno de los grandes clásicos de la literatura universal y posteriormente sería adaptada innumerables veces para el cine, la televisión, la radio y otros medios.
El episodio más célebre relacionado con ella ocurrió en 1938, cuando el joven Orson Welles presentó una adaptación radiofónica en Estados Unidos que empleaba el formato de boletines informativos para narrar la supuesta invasión marciana. La dimensión real del pánico generado por la emisión ha sido posteriormente exagerada —se llegó a hablar de suicidios en masa— , pero el episodio convirtió definitivamente el título de Wells en parte de la cultura popular.
Mucho más que ciencia ficción
Reducir a Wells a sus cuatro o cinco grandes novelas de ciencia ficción sería una injusticia. Después de aquella explosión creativa inicial, el escritor desarrolló una producción extraordinariamente amplia.
Publicó novelas sociales como Kipps, Tono-Bungay, La historia de Mr. Pollyy Ann Veronica, además de numerosos cuentos, ensayos y obras de divulgación científica.
También fue periodista y comentarista político, y escribió sobre educación, historia, ciencia, política, guerra y organización social.
Su ambición intelectual llegó a tal extremo que en 1920 publicó The Outline of History, una monumental síntesis de la historia de la humanidad. El proyecto pretendía ofrecer una visión global del desarrollo humano y de las civilizaciones, y se convirtió en un éxito editorial considerable.
Wells quería, en realidad, intervenir en el debate sobre el futuro. No le bastaba con imaginarlo en sus novelas: pretendía explicar cómo podía construirse.
Reorganizar la sociedad
Wells se convirtió en un activo defensor del socialismo y durante un período perteneció a la Fabian Society, organización que defendía una transformación gradual de la sociedad mediante reformas y no mediante una revolución violenta.
Sin embargo, nunca fue un socialista disciplinado. Su personalidad intelectual era demasiado independiente y sus ideas chocaron con otros miembros de la organización, especialmente con Sidney y Beatrice Webb.
Wells aspiraba a una sociedad planificada racionalmente, en la que la ciencia y la educación desempeñaran un papel central. Llegó a defender la idea de un Estado mundial, convencido de que las estructuras nacionales y los nacionalismos constituían obstáculos para la supervivencia de la humanidad.
En 1922 y 1923 se presentó como candidato del Partido Laborista por la circunscripción de la Universidad de Londres, aunque no consiguió ser elegido.
Sus ideas políticas evolucionaron con el tiempo. El joven optimista que confiaba en que la ciencia conduciría inevitablemente hacia una sociedad mejor terminó profundamente decepcionado por las dos guerras mundiales y por la capacidad de la tecnología para multiplicar la destrucción.
Predicciones sorprendentes
Una de las razones por las que Wells continúa siendo citado más de un siglo después es su capacidad para anticipar transformaciones que parecían imposibles.
En La guerra en el aireimaginó grandes conflictos librados desde el cielo. En The Land Ironclads, un relato publicado en 1903, describió enormes vehículos blindados capaces de atravesar terrenos difíciles y superar trincheras, una imagen que suele considerarse un antecedente literario del tanque moderno.
En El mundo liberado, publicada en 1914, imaginó armas basadas en la energía atómica y una guerra nuclear capaz de devastar ciudades. Eso fue tres décadas antes de Hiroshima y Nagasaki.
También escribió sobre comunicaciones globales, automatización, viajes aéreos y espaciales, sociedades organizadas mediante grandes redes de información y transformaciones radicales de la vida cotidiana.
No todas sus predicciones fueron acertadas, naturalmente. Pero lo extraordinario no era que Wells acertara siempre, sino que pensara sistemáticamente en cómo la ciencia podía transformar la existencia humana. Al igual que Julio Verneunas décadas antes en Francia, y posteriormente Arthur C. Clarkee Isaac Asimov, Wells trazó líneas en sus postulados de ficción que se acercaron notablemente a la realidad actual.
El hombre detrás del escritor
La vida privada de Wells fue tan intensa como su producción intelectual. En 1891 contrajo matrimonio con su prima lejana Isabel Mary Wells, pero la unión duró apenas unos años. En 1895 se casó con Amy Catherine Robbins, conocida como Jane, con quien tuvo dos hijos.
El matrimonio, sin embargo, estuvo lejos de ser convencional.
Wells defendía una concepción extraordinariamente liberal de las relaciones sexuales para la época victoriana y mantuvo numerosas relaciones extramatrimoniales. Tuvo una hija, Anna-Jane, con Amber Reeves, y posteriormente mantuvo una relación con la escritora Rebecca West, con quien tuvo un hijo, Anthony West. También sostuvo otras relaciones prolongadas, entre ellas con la escritora y viajera Odette Keun.
Para Wells, la libertad sexual formaba parte de su visión de una sociedad menos sometida a las convenciones tradicionales. Algunas de sus compañeras compartieron esas ideas, pero la dimensión personal de sus relaciones también provocó conflictos, celos y sufrimiento.
Su vida sentimental constituye, por tanto, otro de los aspectos que impiden convertirlo simplemente en el simpático profeta progresista que a veces presenta la cultura popular.
Sus contradicciones más incómodas
La figura de Wells tampoco puede abordarse sin mencionar algunas de sus ideas que hoy resultan —como mínimo— polémicas. Durante buena parte de su vida estuvo influido por el eugenismo, una corriente que pretendía aplicar criterios de selección biológica a la reproducción humana. Wells llegó a defender medidas que hoy se consideran moralmente inaceptables, incluida la eliminación o esterilización de personas consideradas "no aptas".
Su posición, además, no fue completamente estática. Investigaciones recientes del Oxford Handbook of H. G. Wellsmuestran que su pensamiento sobre la eugenesia fue ambivalente y cambiante: inicialmente aceptó aspectos importantes de ella, pero posteriormente cuestionó explicaciones puramente biológicas de las diferencias humanas y terminó alejándose de algunas de aquellas posiciones.
Esta evolución no elimina las afirmaciones problemáticas de su obra y pensamiento, pero sí obliga a evitar una simplificación histórica. Wells fue un producto de una época en la que el eugenismo llegó a tener considerable aceptación entre intelectuales y científicos, aunque sus propias posiciones fueron cambiando con el tiempo.
La contradicción resulta particularmente llamativa porque el mismo hombre que defendía una reorganización racional de la humanidad también escribió sobre igualdad, derechos humanos y cooperación internacional.
Del optimismo científico al desencanto
La Primera Guerra Mundial comenzó a resquebrajar la fe de Wells en el progreso automático. La tecnología que había imaginado como instrumento de emancipación también podía convertirse en una maquinaria de destrucción masiva. La Segunda Guerra Mundial profundizó todavía más ese pesimismo.
En 1940 publicó Los derechos del Hombre (The Rights of Man), una defensa de derechos fundamentales que anticipó debates internacionales posteriores. Su preocupación por establecer derechos universales terminó conectando con el clima intelectual que desembocaría, después de su muerte, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.
Pero su visión del futuro terminó adquiriendo tonos cada vez más sombríos.
En su última obra, La mente al límite (Mind at the End of Its Tether), un breve ensayo publicado en 1945, Wells imaginó un porvenir en el que la humanidad podía encontrarse al borde de la desaparición. Era un contraste radical con el entusiasmo tecnológico de sus primeras décadas.
El hombre que había imaginado máquinas capaces de llevar al ser humano al futuro había terminado preguntándose si la humanidad merecía realmente tener uno.
Una obra inmensa y un legado difícil de medir
Wells fue nominado en varias ocasiones al Premio Nobel de Literatura, aunque nunca obtuvo el galardón. Su enorme producción —novelas, cuentos, ensayos, artículos periodísticos, obras históricas, tratados políticos y autobiográficos— hizo de él uno de los intelectuales públicos más influyentes de su tiempo.
Su influencia llegó hasta escritores tan diferentes como George Orwell, Aldous Huxley, Arthur C. Clarke e Isaac Asimov. También penetró profundamente en el cine y en la cultura popular.
El propio Winston Churchill fue un admirador de Wells y llegó a reconocer la capacidad visionaria del escritor. La relación entre ambos muestra hasta qué punto Wells había dejado de ser simplemente un novelista para convertirse en una referencia del debate político y tecnológico de su época.
Su influencia continúa además en el vocabulario cultural contemporáneo: viaje en el tiempo, invasión extraterrestre, invisibilidad científica, evolución acelerada, armas atómicas y futuros distópicos son conceptos que Wells contribuyó decisivamente a incorporar al imaginario moderno.
Algunas obras esenciales
Entre la vastísima producción de H. G. Wells destacan:
La máquina del tiempo(1895)
La isla del doctor Moreau(1896)
El hombre invisible(1897)
La guerra de los mundos(1898)
Los primeros hombres en la Luna(1901)
Kipps(1905)
La guerra en el aire(1908)
Tono-Bungay(1909)
La historia de Mr. Polly(1910)
El mundo liberado(1914)
Esquema de la Historia Universal(1920)
La forma de las cosas que vendrán(1933)
Los derechos del Hombre(1940)
La mente al límite(1945)
Ochenta años de ausencia
H. G. Wells murió el 13 de agosto de 1946, en su casa de Hanover Terrace, junto a Regent's Park, en Londres. Tenía 79 años y llevaba tiempo padeciendo problemas de salud. Su cuerpo fue incinerado tres días después y sus cenizas fueron esparcidas en el canal de la Mancha.
La despedida de Wells tuvo algo de paradoja. Había pasado medio siglo imaginando el futuro y llegó a contemplar algunos de sus propios pronósticos hechos realidad: aviones, tanques, guerras mecanizadas, grandes redes de comunicación y los primeros pasos de la era atómica.
Pero también contempló aquello que sus novelas habían advertido desde el principio: la ciencia no convierte automáticamente al ser humano en un ser mejor.
Ochenta años después de su muerte, esa sigue siendo quizá la parte más vigente de su legado. Wells no fue solamente el hombre que inventó mundos imposibles. Fue el escritor que utilizó esos mundos para preguntarse qué podía sucederle a una civilización que avanzaba tecnológicamente mucho más rápido que moralmente.
Su obra permanece porque aquellas preguntas siguen sin tener una respuesta definitiva.
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