En el centenario de su nacimiento, el mundo conmemora la vida de Maya Plisetskaya, la bailarina que desafió las cadenas del régimen soviético con su danza indomable. Desde una infancia truncada por el régimen estalinista hasta su reinado en el Bolshoi, su trayectoria redefine la gracia como acto de resistencia.
Nacida el 20 de noviembre de 1925 en Moscú, Maya Plisetskaya creció en un hogar impregnado de arte y turbulencias políticas. Hija de Mijaíl Plisetski, ingeniero y funcionario soviético, y Rachel Messerer, actriz de cine mudo de origen judío lituano, la niña experimentó los rigores de la Unión Soviética desde temprana edad. Entre 1932 y 1934, la familia residió en Spitzbergen, donde su padre dirigía una mina de carbón ártica, un episodio que forjó en Maya un espíritu aventurero.
La tragedia irrumpió en 1938, durante las purgas estalinistas. Su padre fue arrestado como "enemigo del pueblo" y ejecutado poco después, mientras que su madre fue deportada a un campo de trabajo en Kazajistán. A los nueve años, Maya encontró refugio con su tía Sulamith Messerer, célebre bailarina del Teatro Bolshoi, y su tío Asaf Messerer, coreógrafo. Este entorno familiar, ligado al ballet, se convirtió en su salvavidas en medio del terror.
Formación en la escuela del Bolshoi
El destino de Plisetskaya se entretejió con el Bolshoi desde 1934, cuando ingresó en su escuela de ballet a los nueve años. Bajo la tutela de maestras como Elizaveta Gerdt, hija del legendario Pavel Gerdt, y la propia Sulamith Messerer, absorbió el riguroso método Vaganova, que enfatizaba la precisión técnica y la expresividad emocional. Su formación duró nueve años, marcada por una disciplina férrea que contrastaba con su carácter caprichoso y desobediente, rasgos que sus mentoras describirían como el germen de su genio rebelde.
A los once años, en 1937, debutó en el escenario del Bolshoi con un pequeño rol en La Bella Durmiente, un momento que selló su vocación. En 1943, con diecisiete años, se graduó y se unió a la compañía como solista, iniciando una carrera que la elevaría a la cima del ballet mundial.
Ascenso como estrella del Bolshoi
El Bolshoi se transformó en el lienzo de Plisetskaya, donde su estilo angular, de saltos audaces y brazos fluidos, revolucionó la interpretación clásica. Su primer rol principal llegó en noviembre de 1943 con Les Sylphides, seguido de Masha en El Cascanueces (1944) y Myrtha en Giselle (1944). En 1947, encarnó a Odette-Odile en El Lago de los Cisnes, un dúo de cisne blanco y negro que se convirtió en su sello, bailado con una intensidad dramática que eclipsaba a sus contemporáneas.
A lo largo de los años cincuenta, acumuló roles icónicos: Zarema en La Fuente de Bakhchisaray (1949), Kitri en Don Quijote (1950), la Ama de la Montaña de Cobre en La Flor de Piedra (1954) y el protagónico en Laurencia (1956). En 1960, tras el retiro de Galina Ulanova, fue nombrada prima ballerina assoluta, un título reservado a las leyendas indiscutibles. Su presencia magnética elevó el ballet soviético, fusionando virtuosismo técnico con una teatralidad visceral.
Desafíos políticos y conquistas internacionales
La carrera de Plisetskaya no escapó a las tensiones de la Guerra Fría. Su origen judío y el historial familiar la convirtieron en "sospechosa" bajo la doctrina Zhdanov de 1948, lo que le prohibió giras occidentales durante dieciséis años. Limitada a países del bloque oriental, su frustración estalló en 1956 durante una función de El Lago de los Cisnes en Moscú: los aplausos espontáneos del público fueron reprimidos por las autoridades, un incidente que la inmortalizó como símbolo de libertad artística.
El deshielo de Nikita Jrushchov en 1959 abrió las puertas al mundo. Debutó en Estados Unidos con Espartaco, donde recibió ovaciones de hasta media hora en Nueva York. Creó roles para coreógrafos como Alberto Alonso en Carmen Suite (1967), Maurice Béjart en Isadora (1976) y Yuri Grigorovich en Espartaco (1962). A diferencia de otros bailarines y deportistas rusos que se convirtieron en desertores como Rudolf Nureyev, Maya siempre regresó a la URSS.
En sus etapas finales, Plisetskaya trascendió la danza: coreografió Anna Karenina (1972) y dirigió el Ballet de la Ópera de Roma (1983-1984) y el Ballet Nacional de España (1987-1990).
Se retiró en 1989 con galas globales, pero continuó impartiendo clases magistrales hasta su muerte el 2 de mayo de 2015 en Múnich.
Tributos al centenario: un legado sobre los escenarios de danza
El 2025, año del centenario, resuena con homenajes que celebran su huella imborrable. En septiembre, el Teatro Bolshoi Dramático de San Petersburgo albergó la gala My Maya, un tributo contemporáneo que explora su legado a través de coreografías modernas. En Moscú, el Palacio del Kremlin presentó Suite of Love, una velada dedicada a su nacimiento, mientras que el Teatro Stanislavski programó funciones especiales con estrellas internacionales.
Estos eventos, junto a exposiciones y documentales, subrayan cómo Plisetskaya no solo bailó, sino que redefinió el ballet como expresión de la condición humana. Su vida, tejida de adversidad y triunfo, permanece como faro para generaciones de artistas.
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