Por Ivan Aquino19 Jul, 20257 minutos de lectura 414 vistas
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Mateo Morrison, poeta y gestor cultural, ha dedicado su vida a sembrar literatura y conciencia. Su obra refleja una visión ética y comprometida con la cultura dominicana como acto de resistencia y construcción colectiva.
En la República Dominicana, donde la cultura a menudo lucha por espacio en la agenda nacional, Mateo Morrison ha sido un faro constante. Poeta, gestor cultural y maestro de generaciones, su vida no se entiende sin la poesía ni el quehacer cultural. Más que un creador de versos, ha sido un arquitecto de espacios donde la palabra florece.
Desde los años sesenta, Morrison ha tejido redes literarias que dieron voz a jóvenes escritores, fundando el Movimiento Cultural Universitario y el Taller Literario César Vallejo. Estos espacios no solo promovieron la escritura, sino que también sirvieron como trincheras de pensamiento en tiempos convulsos.
Su legado no se limita a los libros. Fue editor del suplemento cultural Aquí, del desaparecido periódico La Noticia, donde muchos poetas y narradores iniciaron su camino. Su gestión cultural ha recorrido barrios, pueblos y universidades, sembrando inquietudes y cosechando talentos.
En una entrevista reciente, Morrison recordó cómo su padre, el jamaiquino Egbert Morrison, le inculcó el amor por la lectura. Entre biblias y clásicos como El paraíso perdido, nació su vocación por la palabra. Esa herencia, combinada con el contexto político de los años sesenta, moldeó una visión de la cultura como resistencia y construcción colectiva.
Hoy, con más de cincuenta años dedicados a la literatura, Mateo Morrison sigue siendo un referente. Su vida es testimonio de que la poesía no es solo estética, sino también ética. En sus palabras, “todo lo que he hecho ha sido en función del bien, de no hacer daño a nadie, de ser fraterno”.
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La historia de la literatura demuestra que el talento no entiende de calendarios. Mientras algunos escritores publicaron sus obras maestras siendo muy jóvenes, otros encontraron su verdadera voz cuando ya habían superado los 50, 60 o incluso los 70 años. Sus historias son un recordatorio de que la creatividad puede florecer en cualquier etapa de la vida.