Wilhelm Furtwängler, fallecido el 30 de noviembre de 1954, se erige como una figura emblemática de la dirección orquestal del siglo XX. Su interpretación apasionada de la música romántica lo convirtió en un referente, aunque su permanencia en Alemania durante el nazismo generó debates eternos sobre ética y arte.
Gustav Heinrich Ernst Martin Wilhelm Furtwängler nació el 25 de enero de 1886 en Berlín, en el seno de una familia burguesa conservadora, y creció bajo la influencia de su padre, un renombrado arqueólogo, que además era amigo personal del célebre compositor Johannes Brahms. De niño empezó a estudiar piano con familiares y desde temprana edad mostró inclinación por la composición: llegó a crear tríos, cuartetos y sonatas para piano antes de los diez años. A los 14 años, inició lecciones de composición con el organista Josef Rheinberger. Tras la muerte de su padre, con apenas 21 años, Wilhelm se orientó hacia la dirección orquestal, y hasta asumió podios en Breslau, Zúrich, Múnich, Estrasburgo y Lübeck.
Su estilo se forjó en la tradición romántica, caracterizado por una pasión interpretativa que lo distinguía en obras de Beethoven, Brahms y Wagner. En 1922, tomó la batuta de la dirección de la Filarmónica de Berlín, cargo que mantuvo hasta su muerte en 1954. Fue, sin lugar a dudas, una de las figuras culturales más prominentes del mundo germanohablante.
Ascenso y obra musical
Furtwängler se convirtió en un exponente supremo de la música romántica, con un enfoque intuitivo que priorizaba la expresión emocional sobre la precisión técnica. Dirigió orquestas prestigiosas como la Filarmónica de Viena y participó en festivales como Bayreuth, donde sus interpretaciones de óperas wagnerianas dejaron huella indeleble. También compuso obras propias, aunque su legado principal reside en la dirección, arte en el que enfatizaba la continuidad orgánica de la música.
Durante las décadas de 1920 y 1930, su reputación creció internacionalmente, pero el contexto político de Alemania marcó su carrera de manera irreversible.
Relación con el régimen nazi
Aunque nunca adhirió abiertamente, ni expresó apoyo alguno al nazismo, Furtwängler —a diferencia de muchos otros músicos y artistas de otras disciplinas— permaneció en Alemania durante el Tercer Reich, lo que muchos críticos incluso hoy interpretan como una veladacercanía con el régimen. Dirigió conciertos para eventos nazis y aceptó cargos oficiales, como vicepresidente de la Cámara de Música del Reich, pero se opuso abiertamente al antisemitismo pregonado por el régimen hitleriano, e incluso ayudó a músicos judíos a escapar de Alemania. En 1934, defendió la ópera de Paul Hindemith, cuya esposa era judía, lo que lo llevó a renunciar temporalmente a sus puestos.
Su decisión de quedarse se basó en la creencia de proteger la cultura alemana del nazismo, algo que veía como una "violación" temporal de la nación. Tras la guerra, tuvo que enfrentar un doble proceso de desnazificación —primero en Viena, luego en Berlín—, de los que salió absuelto. Según sus palabras:
Quizás …[mis críticos]… no lo hayan notado, pero la gente lo necesitaba más que nunca, nunca antes anhelaba tanto oír a Beethoven y a su mensaje de libertad y amor humano, que precisamente estos alemanes, que vivieron bajo el terror de Himmler. No me pesa haberme quedado con ellos.
No obstante, la sombra de la sospecha ya había quedado establecida y la controversia perduró en la percepción colectiva internacional incluso hasta la actualidad.
Bruno Walter y Otto Klemperer
En contraste —y para peor— directores contemporáneos de Furtwängler como Bruno Walter y Otto Klemperer, ambos de origen judío, no tardaron en elegir el exilio ante el ascenso nazi en Europa. Walter, nacido en 1876, huyó en 1938 a Estados Unidos, donde continuó su carrera con orquestas como la Filarmónica de Nueva York, y desde donde siempre mantuvo una postura férrea contra el régimen. Klemperer, nacido en 1885, emigró en 1933 a California, donde dirigió la Filarmónica de Los Angeles y rechazó cualquier colaboración con los nazis.
Mientras Furtwängler intervino en favor de colegas perseguidos desde dentro del sistema, Walter y Klemperer representaron la resistencia externa. Eso marcó las divergencias éticas entre permanecer para influir o huir para preservar la integridad, lo que ilustra las complejas elecciones de los artistas bajo el totalitarismo.
El célebre director y su obra
El legado de Furtwängler trascendió las polémicas, y ha influenciado generaciones de directores con su enfoque filosófico de la música. Sus interpretaciones, capturadas en grabaciones de mediados del Siglo XX, revelan una intensidad única, forjada en el caos de la era.
Grabaciones valiosas para descubrir su arte
Entre las más destacadas se encuentran:
Sinfonía n.° 9 de Beethoven (Bayreuth, 1951): Una versión legendaria que captura la grandeza espiritual de la obra.
Tristán e Isolda de Wagner (1952): Interpretación incendiaria que resalta la pasión dramática.
El anillo del nibelungo de Wagner (Scala, 1950): Ciclo completo que retrata la grandilocuencia wagneriana en su esplendor.
Sinfonías de Brahms (1942-1944): Grabaciones que muestran su maestría en el repertorio romántico.
Sinfonía n.° 6 de Beethoven (Viena, 1952): Ejemplo de su enfoque pastoral y emotivo.
Estas selecciones ofrecen una entrada accesible a su visión musical, disponible en ediciones remasterizadas.
Un legado perdurable
Setenta y un años después de su muerte, acaecida el 30 de noviembre de 1954 en la ciudad de Ebersteinburg, Wilhelm Furtwängler sigue siendo un referente inevitable en la dirección orquestal. Su arte, impregnado de una intensidad casi mística, continúa emocionando a nuevas generaciones de melómanos y a todos los directores de orquesta en formación.
Su batuta no solo moldeó sonidos, sino que marcó un capítulo indeleble en la historia de la música clásica.
En 1929, René Magritte pintó un lienzo que, casi un siglo después, sigue siendo una de las imágenes más reproducidas y citadas del arte moderno: una pipa perfectamente dibujada acompañada de una frase manuscrita contradictoria. Esta obra se ha convertido en el manifiesto visual de la filosofía de Magritte y en un hito del surrealismo conceptual.
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El 6 de noviembre no solo es fecha de la Carta Magna, sino de un texto fundacional influenciado por la Bélgica liberal y la España de Cádiz. La primera Constitución dominicana intentó un equilibrio de poderes de vanguardia, para ser inmediatamente destrozado por un único artículo de poder absoluto.