El 21 de noviembre de 1898 nació en Lessines, Bélgica, un pintor que convertiría la cotidianidad en enigma y demostraría que una pipa puede dejar de ser una pipa. En la actualidad, su obra sigue desafiando la percepción, y ha influido desde la publicidad hasta el cine, para convertirse en referente del surrealismo del siglo XX.
Infancia marcada por la pérdida y los primeros interrogantes
Bautizado René François Ghislain, fue el mayor de tres hermanos en una familia de clase media. Su padre, Léopold Magritte, era comerciante de telas y aceites; su madre, Régina Bertinchamp ganaba algunos dineros como modista. La vida familiar se quebró trágicamente el 24 de febrero de 1912, cuando Régina, de 44 años y afectada por crisis depresivas, se suicidó al arrojarse al río Sambre. Para esas fechas, su hijo René tenía apenas 13. Cuentan las crónicas policiales de la época, que el cuerpo inerte de su madre emergió con el camisón cubriéndole el rostro, imagen que el pintor evocaría décadas después en obras como Los amantes (1928), donde dos figuras se besan con la cabeza envuelta en tela. Aquel episodio, del cual Magritte rara vez habló directamente, se considera un detonante inconsciente de su obsesión por lo oculto y lo visible.
En 1916 la familia se trasladó a Charleroi y René comenzó estudios en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, donde permaneció dos años, aunque sin gran entusiasmo. Prefería dedicarle más tiempo al cine, a los folletines de Fantômas y a las novelas policíacas de Maurice Leblanc. Su formación académica fue breve y poco ortodoxa, pero decisiva: allí conoció el futurismo, el cubismo y, sobre todo, las primeras reproducciones de Giorgio de Chirico que lo impactaron profundamente.
Los años de experimentación: del impresionismo al descubrimiento del surrealismo
Tras abandonar la academia, entre 1920 y 1927, Magritte trabajó en una fábrica de papel pintado y luego como diseñador freelance de anuncios y carteles. Esta etapa le proporcionó un dominio técnico impecable y un sentido irónico del mensaje visual que impregnaría toda su obra posterior. En 1922 contrajo matrimonio con Georgette Berger, amiga de la infancia, con quien se había reencontrado años después. Ella sería su modelo constante, musa y ancla emocional hasta el final.
En 1924 se unió al grupo surrealista belga junto a E.L.T. Mesens, Louis Scutenaire y Paul Nougé. El encuentro con la poesía de André Breton y la pintura de Max Ernst lo decidió todo: en 1926 pintó El jinete perdido, su primera obra plenamente surrealista, y publicó un manifiesto donde declaraba que “todo tiende a hacer pensar que existe poca distancia entre el mundo real y el mundo de los sueños”.
París y la ruptura: tres años que definieron su estilo
En 1927 Magritte se instaló en Le Perreux-sur-Marne, suburbio parisino, para integrarse al núcleo duro del surrealismo francés. Conviviendo con Breton, Éluard, Dalí y Miró, expuso en la Galería Le Centaure y frecuentó los cafés de Montparnasse. Sin embargo, la relación con Breton se deterioró rápidamente: el líder surrealista reprochó a Georgette llevar un crucifijo y Magritte, poco dispuesto a dogmas, regresó a Bruselas en 1930. Aquel desencuentro lo alejó del grupo parisino, pero le permitió desarrollar un surrealismo más personal, frío y conceptual, alejado del automatismo psíquico y más próximo a la paradoja lógica.
Madurez y reconocimiento: la imagen traicionada
De vuelta en Bélgica, Magritte perfeccionó su estilo inconfundible: cielos diurnos impecables, objetos cotidianos desplazados, títulos desconcertantes y una pincelada limpia, casi publicitaria. Obras maestras se sucedieron sin pausa:
La traición de las imágenes (1929) – la famosa pipa con la leyenda “Ceci n’est pas une pipe”.
La condición humana (1933) – un lienzo dentro de un lienzo que confunde interior y exterior.
Los amantes (1928).
El hijo del hombre (1964) – el hombre de bombín con la manzana flotante, convertido en icono pop.
Durante la ocupación nazi en Bélgica, adoptó brevemente un estilo “renoiriano” de colores vivos —los historiadores del arte le llamaron período “solar”—, como reacción al horror de la guerra. Finalizado el conflicto, regresó a su paleta fría y a la serie de los “hombres de bombín”, figuras anónimas que representan al individuo alienado en la sociedad moderna.
Últimos años y legado universal
Enfermo de cáncer de páncreas, René Magritte falleció el 15 de agosto de 1967 en su casa de Schaerbeek, Bruselas, a los 68 años. Dejó más de 1.800 obras, muchas de ellas conservadas en el Magritte Museum de Bruselas, inaugurado en 2009.
Su influencia trasciende el arte: aparece en portadas de discos de Jackson Browne, Jeff Beck y The Beatles; en películas de David Lynch y Terry Gilliam, en anuncios de Apple y Volkswagen, y hasta en el logo de la cadena CBS. Filósofos como Michel Foucault (Esto no es una pipa, 1968) y publicitarios contemporáneos reconocen en él al inventor del concepto visual que hoy domina la era digital.
A 127 años de su nacimiento, la obra de Magritte mantiene intacta su fuerza perturbadora: nos recuerda que lo que vemos nunca es exactamente lo que creemos ver, y que la realidad, como un sombrero de bombín flotando en el cielo, siempre guarda un misterio que merece ser cuestionado.
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