Hace exactamente 45 años —el 7 de noviembre de 1980— Steve McQueen fallecía a la temprana edad de 50 años. Dejaba tras de sí una carrera cinematográfica de excelencia, una personalidad inolvidable y un legado que aún hoy resuena en Hollywood.
Steve McQueen nació el 24 de marzo de 1930 en Beech Grove, Indiana, bajo el nombre de Terrence Stephen McQueen. Su padre, William McQueen, era piloto de pruebas y abandonó a su esposa poco antes del nacimiento del niño. Su madre, Julia Ann Crawford, se vio incapaz de hacer frente al cuidado del pequeño Steve, y acabó siendo criado por sus abuelos en Missouri, cuando solo tenía 3 años. Desde joven mostró un carácter duro, formado por la carencia afectiva, el desplazamiento, la sensación de no encaje. Al llegar a sus 17 años, y con un permiso de su madre, por ser aún menor de edad, se alistó voluntario en los Marines de los Estados Unidos, lo que le dio una disciplina y al mismo tiempo reforzó su temperamento independiente. Durante esos años desarrolló una afición temprana por la velocidad, los automóviles y las motocicletas, pasión que moldearía su imagen pública de “hombre duro que corre a toda velocidad”.
Formación actoral y primeros pasos
Tras su paso por el ejército, McQueen decidió dedicarse a la actuación. Estudió en el Neighborhood Playhouse de Nueva York —escuela a la que asistieron muchos otros grandes de Hollywood, como Robert Duvall, Diane Keaton y Jeff Goldblum—, así como con otros maestros de la interpretación. Su arranque no fue sencillo: obtuvo papeles pequeños en televisión y cine y atravesó la lucha del aspirante que intenta emerger en Hollywood. Su primer gran reconocimiento vino con la serie de televisión Wanted: Dead or Alive (1958-1961), en la que interpretó a Randall “Rescate” Kid, un papel que le permitió ganar visibilidad y proyección. Con ese bagaje, McQueen entró al cine con una presencia gracias a su gesto serio, mirada penetrante y físico que combinaba resistencia, desborde y esa elegancia casual que le convertiría en uno de los rostros más carismáticos de su era.
El ascenso a estrella de Hollywood
A lo largo de la década de los sesenta, McQueen fue tallando su propio camino hacia la consagración. Con cada nueva película reforzaba el arquetipo del antihéroe taciturno, alejado de los galanes relucientes —aunque él mismo era guapo y atractivo—, imbuido de un aura de misterio y rebeldía. La crítica lo señaló como un símbolo de los tiempos de cambio, de la contracultura, de la masculinidad en transformación. Llegó además a convertirse en el actor mejor pagado de Hollywood en los tempranos años setenta. Su estilo frente a la cámara —economía de palabras, acción contenida, presencia física— marcó una era.
Películas emblemáticas
Entre sus trabajos destacan varios largometrajes que siguen siendo referentes del cine clásico.
En Los siete magníficos (The Magnificent Seven), de 1960, interpretó a Vin Tanner, uno de los siete pistoleros, un papel que le permitió exhibir su carisma y destreza para el cine de acción.
En El gran escape (The Great Escape), tres años después, encarnó al prisionero de guerra “Virgil Hilts”, protagonista de una de las escenas más inolvidables de persecución en motocicleta en la historia del cine.
Con Bullitt (1968) redefinió la persecución automovilística en la pantalla al volante del icónico Ford Mustang, y consolidó la etiqueta de “rey del cool”.
En Papillon (1973) se adentró en un papel más dramático e introspectivo junto a Dustin Hoffman, lo que demostró su rango más allá de la acción.
En Infierno en la torre (The Towering Inferno), de 1974, protagonizó una superproducción de cine catástrofe que evidenció su estatus de estrella global.
Cada una de estas películas aporta un matiz distinto: acción pura, drama, carisma, riesgo y dimensión épica.
Vida personal, curiosidades y pasiones
McQueen no solo vivía para la cámara: su vida en la carretera, en los circuitos, en las pistas de motos y autos era parte esencial de su identidad. Fue piloto amateur de carreras, amante de los coches rápidos, las motos potentes y la adrenalina que estos le proporcionaban. No era casual, entonces, que en muchas de sus escenas de acción él mismo asumía parte de las maniobras y persecuciones; aunque había dobles, su presencia real en la conducción le daba un sello auténtico. Se dice que, durante el rodaje de El gran escape, Steve McQueen insistió en participar activamente en la persecución hasta que el productor le dijo que por motivos de seguro debía reducir riesgos.
Su estilo personal —chaqueta de cuero, reloj de pulsera grande, mirada penetrante— se convirtió en modelo de moda masculina, lo que llevó su figura más allá del cine. Y su apodo “King of Cool” lo resume: era la encarnación del tipo que no necesita alardes, que actúa con fuerza contenida, que domina la escena sin estridencias. También es famosa su intervención en casi todas las facetas de sus películas: recogía ideas para incorporar su auténtica pasión por las mecánicas y la velocidad en los guiones y en los rodajes.
Sus últimos años y su muerte
Durante los años setenta la salud de McQueen empezó a resentirse. A finales de la década fue diagnosticado con mesotelioma pleural, un tipo de cáncer relacionado con exposición al asbesto-amianto, posiblemente derivado de sus años de servicio en la Infantería de Marina, o de entornos de rodaje. El 7 de noviembre de 1980, con apenas 50 años, murió en Ciudad Juárez, México, tras una operación quirúrgica para eliminar múltiples tumores metastásicos, en la fase final de un dudoso y polémico tratamiento al que se sometió voluntariamente. McQueen usaba el apodo de Samuel Sheppard para que en México no supieran su identidad real. Su cuerpo fue cremado, y sus cenizas arrojadas al océano Pacífico, tal como él lo pidió.
Su temprana partida dejó un enorme vacío: un actor en plenitud, que aun así había sabido reinventarse varias veces y había dejado huella en una era cinematográfica clave.
Legado
Recordar a Steve McQueen es mucho más que rememorar a un actor exitoso —es reconocer a un arquetipo: el hombre que corría por la vida como si cada segundo contara, que convirtió la velocidad en metáfora, que supo combinar vulnerabilidad y dureza. Su legado pervive en cada secuencia de persecución automovilística que se ve hoy, en cada héroe taciturno que habla más con los gestos que con las palabras, en cada estrella que pretende desmarcarse del brillo superficial y conquistar la pantalla con presencia y actitud.
A 45 años de su desaparición, McQueen sigue venerado porque su “cool” era auténtico, su oficio impecable y su vida, aunque breve, fue vivida al límite.
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