En 1966, Sheila Fitzpatrick, una joven investigadora australiana, llega a Moscú para acceder a archivos restringidos durante la Guerra Fría. Sus memorias narran las dificultades de la investigación bajo vigilancia constante, con anécdotas personales sobre la vida soviética posestalinista.
La historiadora australiana Sheila Fitzpatrick arriba a la Unión Soviética con apenas 24 años de edad, en un momento de transición del deshielo postestalinista de Nikita Khruschev hacia la era de Leonid Brezhnev. Procedente de Oxford, donde cursaba su posgrado, obtiene una beca para instalarse en Moscú y consultar archivos poco explorados para su tesis sobre Anatoli Lunacharski, el comisario de Instrucción Pública en los primeros años bolcheviques.
El ambiente se caracteriza por una paranoia generalizada: los estudiantes extranjeros eran vistos como posibles espías por la KGB, en un contexto de intercambios culturales que servían como herramientas de diplomacia, pero también de sospecha mutua. Fitzpatrick describe su adaptación inicial como una etnógrafa, y relata cómo enfrentó sus desafíos cotidianos como aprender las calles de la ciudad, conseguir alimentos y lidiar con un dominio limitado del idioma ruso.
Desafíos en el acceso a documentos
Obtener permisos para los archivos resultaba un proceso laberíntico, lleno de burocracia y vigilancia. Fitzpatrick narra cómo su trabajo implicaba sortear censuras y engaños menores, mientras investigaba documentos sobre Lunacharski, un dramaturgo y crítico literario clave en el gobierno bolchevique inicial. En una ocasión, un periódico soviético la acusa de ser una espía —la confunde con un hombre— lo que no impide que continúe su labor. Estas experiencias resaltan el "estilo espía" que la autora reconoce en sí misma: una determinación por desenterrar información oculta, en un intento de compatibilizar dos mundos culturales con lealtades ambiguas.
Encuentros personales y vigilancia constante
Durante sus estancias, Fitzpatrick establece vínculos profundos que enriquecen su narrativa. Uno de los más significativos es con Ígor Sats, un intelectual bolchevique y editor de la revista Novy Mir, quien se convierte en una figura paterna y emotiva en el libro. Esta relación, marcada por la diferencia de edades y el contexto político, representa el corazón afectivo de las memorias. También se menciona su amistad con Irina, hija adoptiva de Lunacharski, guardiana de su legado, que facilita accesos clave.
La paranoia de la Guerra Fría
El relato captura la atmósfera de desconfianza: intentos de seducción por agentes encubiertos, como un supuesto experto alemán oriental, y la sensación de ser observada en la residencia universitaria. Fitzpatrick accede a producciones inéditas de Novy Mir, incluyendo críticas a obras como "Cancer Ward" de Solzhenitsyn, y presencia eventos como la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, que genera desilusión entre intelectuales. Estas anécdotas ilustran cómo la investigación académica se entreteje con riesgos personales en un régimen donde el conocimiento era poder y peligro.
Sheila Fitzpatrick: una trayectoria excepcional a los 84 años
Sheila Fitzpatrick, nacida en Melbourne en 1941, celebrará en junio de 2026 sus 85 años como una de las principales figuras en la historiografía soviética. Hija de un activista de izquierdas, su interés por la URSS surge en el seno familiar, y la lleva a estudiar en principio en la Universidad de Melbourne y luego en Oxford. Fundadora de la corriente revisionista, enfatiza la historia social "desde abajo", para cuestionar visiones monolíticas del Estado soviético en obras como La vida cotidiana durante el estalinismo y La Revolución Rusa.
Tras décadas en Estados Unidos, donde enseñó en la Universidad de Chicago, regresa a Australia en 2012 como profesora emérita en la Universidad Católica Australiana. Sus memorias, incluyendo Mi hija de mi padre y la biografía de su esposo La guerra de Mischka, combinan rigor académico con introspección personal, ganando premios como el Magarey Medal. A sus 84 años, Fitzpatrick continúa contribuyendo con proyectos sobre desplazados rusos post-Segunda Guerra Mundial, lo que le da una cara más humana a la durísima historia soviética de sus últimas décadas.
Memoria e historia
El libro se erige como un testimonio singular, no solo de la Guerra Fría vista desde el otro lado del Telón de Acero, sino de la evolución personal de una investigadora. Fitzpatrick interroga su pasado con honestidad, revela silencios autocensurados y osadías juveniles. Críticas positivas destacan su lucidez y capacidad para entrelazar lo personal con lo histórico, y ofrece un relato absorbente que trasciende la anécdota para iluminar tradiciones cotidianas ya olvidadas. Publicada por Siglo XXI, esta obra invita a reconsiderar la sovietología a través de la lente de la experiencia vivida.
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