A 64 años de su fallecimiento, Bruno Walter se recuerda como uno de los directores de orquesta más influyentes del siglo XX. Su interpretación sensible y profunda de la escuela vienesa, especialmente de Gustav Mahler, marcó épocas, y su exilio forzado por el nazismo simbolizó la diáspora de miles de artistas judíos.
Bruno Walter nació como Bruno Schlesinger el 15 de septiembre de 1876 en Berlín, en el seno de una familia judía de clase media. Desde temprana edad mostró un talento excepcional para la música: a los ocho años ingresó al Conservatorio Stern, donde estudió piano, y a los nueve ya ofrecía recitales públicos.
Un concierto dirigido por Hans von Bülow —afamado compositor y director de la época, yerno de Franz Liszt— transformó su vocación; abandonó la idea de ser pianista de concierto para dedicarse a la dirección.
En 1894 debutó como director en la Ópera de Colonia con apenas 18 años, dirigiendo una opereta ligera. Para evitar prejuicios antisemitas, adoptó el nombre artístico de Bruno Walter en 1896, que legalizó más tarde al naturalizarse austriaco en 1911.
Ascenso en Europa y vínculo con Mahler
La carrera de Walter avanzó rápidamente en teatros provinciales alemanes hasta llegar a posiciones de prestigio. En 1900 se incorporó a la Ópera Estatal de Berlín, y en 1901 se convirtió en asistente de Gustav Mahler en la Ópera de Viena, relación que definiría su vida artística.
Walter se erigió en el principal defensor y divulgador de la obra de Mahler. Dirigió los estrenos absolutos de Das Lied von der Erde (1911) y la Novena sinfonía (1912), tras la muerte del compositor. Su interpretación emotiva y espiritual de estas obras marcó estilo en futuras generaciones de directores.
Entre 1914 y 1922 ocupó el cargo de director general de música en Múnich, donde profundizó en Mozart y el repertorio romántico. Posteriormente dirigió en el Festival de Salzburgo (desde 1922), la Ópera Municipal de Berlín (1925-1929) y, como sucesor de Wilhelm Furtwängler, la Orquesta Gewandhaus de Leipzig (1929-1933).
El exilio forzado por el nazismo
El ascenso del régimen nazi en 1933 marcó un punto de inflexión. De origen judío, Walter fue prohibido inmediatamente en Alemania: sus conciertos en Berlín y Leipzig fueron cancelados. A diferencia de Furtwängler, quien permaneció en el país y enfrentó duras críticas por ello, Walter eligió el exilio sin dudarlo.
Se trasladó primero a Viena (1936-1938), donde dirigió la Ópera Estatal, pero la anexión (der Anschluss) de 1938, por la que el III Reich se apoderaba de Austria, lo obligó a huir nuevamente. Obtuvo la ciudadanía francesa en 1938 y, finalmente, se estableció en Estados Unidos en 1939, donde desarrolló la última etapa de su carrera.
Etapa americana
No pasó mucho tiempo hasta que Bruno Walter se convirtió en figura central en los Estados Unidos. Dirigió con frecuencia en la Ópera Metropolitana y fue asesor musical de la Filarmónica de Nueva York (1947-1949), aunque rechazó el puesto de director titular por su edad y ciertas cuestiones de salud. No obstante, nunca perdió contacto con su querida Europa, ya que también tuvo colaboraciones con la Orquesta del Concertgebouw y otras formaciones europeas en giras durante los años de postguerra.
Sus grabaciones con la Columbia Symphony Orchestra en sus últimos años —especialmente ciclos de Mahler, Bruckner, Mozart y Beethoven— capturan una visión humanista y cálida de la música clásica. Aunque su estilo romántico contrastaba con tendencias más modernas de la época, su maestría técnica y profundidad emocional lo situaron entre los grandes, junto a Arturo Toscanini y su compatriota Wilhelm Furtwängler.
Bruno Walter falleció de un ataque cardíaco el 17 de febrero de 1962 en su hogar de Beverly Hills, California, a los 85 años. Quiso siempre volver a Europa, por lo que su familia honró esos deseos y sus restos descansan en el cementerio de Gentilino, cerca de Lugano, Suiza.
Grabaciones valiosas para descubrir su arte
Entre las interpretaciones más representativas de su legado destacan:
Mahler: Sinfonía n.º 9 (con la Filarmónica de Viena, 1938) y Das Lied von der Erde (con Kathleen Ferrier y Julius Patzak, 1952).
Mozart: Sinfonías tardías y óperas como Don Giovanni.
Beethoven: Ciclos de sinfonías completas con la Filarmónica de Nueva York y Columbia Symphony.
Bruckner: Sinfonías n.º 4 y n.º 7, grabadas en sus años americanos.
Wagner: Los Maestros Cantores de Nuremberg, con la Columbia Symphony Orchestra, grabada en 1959.
A más de seis décadas de su partida, Bruno Walter permanece como símbolo de integridad artística y exilio forzado, un puente entre la tradición romántica europea y el nuevo mundo. Su batuta transmitió no solo notas, sino una profunda humanidad.
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