Elisabeth Lederer: el retrato que salvó una vida

Elisabeth Lederer: el retrato que salvó una vida

El “Bildnis Elisabeth Lederer” de Gustav Klimt no solo se convirtió en la obra moderna más cara subastada —236,4 millones de dólares—, sino que también simboliza una historia dramática de supervivencia: durante la ocupación nazi, Elisabeth fingió ser hija de Klimt para evitar la persecución.


 

Un retrato más allá del lienzo

El “Retrato de Elisabeth Lederer” de Gustav Klimt no es solo una de sus obras más exquisitas desde el punto de vista estético, sino también uno de sus testimonios más potentes: al mismo tiempo que refleja la elegancia de la alta sociedad vienesa del inicio del siglo XX, encierra una historia de supervivencia ante la persecución nazi y de restitución posterior que eleva su valor simbólico a dimensiones casi míticas.

 

Representante del Simbolismo europeo de fines del Siglo XIX

Gustav Klimt nació en 1862 en Baumgarten, Austria, cerca de Viena. Fue una figura central del Modernismo vienés y el principal exponente del Simbolismo en Austria. Conocido por el deslumbrante uso del pan de oro en su llamado "Período Dorado", su obra más famosa y universalmente reconocida es "El Beso" (Der Kuss). Lideró la Secesión de Viena, un movimiento que buscaba renovar el arte frente al academicismo tradicional.

 

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El encargo y su entorno familiar

Elisabeth Lederer era la hija de August y Serena Lederer, una de las familias más influyentes de Viena y grandes mecenas de Gustav Klimt. Durante los años en que el artista elaboró el retrato, entre 1914 y 1916, los Lederer ya destacaban por su riqueza y gusto por el arte, y eran considerados incluso parte de la aristocracia cultural de la ciudad. Klimt invirtió un tiempo considerable en esta obra: se dice que seguía retocándola incluso después de haberla entregado, y era tan importante para la familia que Serena Lederer recogió el lienzo directamente del estudio para llevárselo. 

En la composición, Elisabeth aparece de cuerpo entero, vestida con una túnica blanca de inspiración oriental, con un fondo decorativo que evoca motivos asiáticos: figuras estilizadas, colores suaves y una atmósfera casi onírica que remite al simbolismo y la estética art nouveau. 

 

La sombra del nazismo

La historia de la familia Lederer se trastocó tras el Anschluss, cuando Austria fue incorporada al Tercer Reich. Gran parte de su colección de arte fue confiscada por los nazis, aunque curiosamente no se llevaron algunos retratos familiares porque, según registros, se consideraban “demasiado judíos” para ser valorados económicamente. 

 

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Para Elisabeth, no obstante, la amenaza era directa y vital. En un acto de ingenio dramático, divulgó falsamente que Gustav Klimt era su padre biológico: un argumento sostenido no solo por su cercanía con el artista —quien había dedicado años a su retrato— sino por su propia biografía. Con la complicidad de su cuñado, que ocupaba un cargo importante en la estructura nazi, logró obtener un documento oficial que certificaba esa filiación inventada. Esa falsedad administrativa le permitió evitar la deportación y permanecer en Viena durante la guerra. 

A diferencia de otras piezas de la colección Lederer, este retrato se salvó de la destrucción: mientras muchas obras fueron arrasadas en un incendio en el Castillo de Immendorf, el lienzo de Elisabeth fue confiscado pero finalmente restituido, en 1948, a su hermano Erich. 

 

De la colección privada al récord histórico

Tras la guerra, el retrato circuló fuera de Viena. En 1983 fue vendido por Erich Lederer a un marchante, y dos años después lo adquirió Leonard A. Lauder, magnate de la cosmética, quien lo mantuvo en su colección privada durante décadas. En su hogar de Nueva York, el cuadro colgó durante tiempo sobre la mesa del comedor, como una presencia constante del pasado histórico y emocional de Viena. 

La combinación de su rareza, por ser uno de los pocos retratos a cuerpo entero de Klimt todavía en manos privadas, su valor artístico y su poderosa carga simbólica —la narrativa de supervivencia, identidad y restitución— contribuyeron a elevar su cotización a niveles astronómicos.

 

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El peso simbólico del retrato

Más allá de su belleza formal, el retrato de Elisabeth Lederer es una pieza de memoria. No solo representa a una joven de la alta burguesía vienesa, sino que encarna la lucha personal frente a la represión de su tiempo. La historia que la salvó, una mezcla de invención personal y realidades políticas, le confiere al lienzo un carácter casi testimonial.

Al final, su subasta reciente por más de 236 millones de dólares no solo refleja el estatus de Klimt como maestro del modernismo, sino el poder narrativo de una obra que ha atravesado guerras, identidad y reconstrucción familiar. 

Gustav Klimt falleció en 1918 en Viena, dejando tras de sí un legado de sensualidad, decorativismo y profunda exploración de la psique femenina, pero jamás imaginó que obra alguna de sus pinceles rompería récords de venta un siglo después.

 

 

Con información e imágenes de:

euronews

theartnewspaper.com

The Washington Post