El eco de una advertencia global
En medio de la fiebre por la inteligencia artificial general, una carta abierta ha sacudido el panorama tecnológico. Publicada en octubre de 2025, la declaración coordinada por el Future of Life Institute (FLI) exige una prohibición inmediata y total en la creación de superinteligencias artificiales —máquinas capaces de superar al ser humano en todas las tareas cognitivas. Hasta tanto se logre un amplio consenso científico sobre su seguridad y un respaldo público sólido, el avance debe paralizarse.
Esta no es la primera vez que tales voces se alzan. En 2023, una petición similar firmada por más de mil expertos, incluyendo a Elon Musk y Steve Wozniak, pedía una pausa de seis meses en los experimentos de IA potente. Sin embargo, la versión actual amplía el espectro de riesgos y aumenta en cantidad de firmantes, lo que refleja un mayor grado de madurez en las preocupaciones éticas y sociales. Anthony Aguirre, director del FLI, cuestiona:
“Este camino ha sido elegido por las empresas y el sistema económico que las impulsa, pero casi nadie ha preguntado al resto de la humanidad si esto es lo que queremos”.

Firmantes que trascienden fronteras
La lista de adherentes es un mosaico de influencias globales, uniendo mundos aparentemente dispares. Entre los nombres más resonantes figuran:
- Steve Wozniak, cofundador de Apple, símbolo de la innovación accesible en la era digital.
- Elon Musk, visionario de Tesla y SpaceX, cuya trayectoria ha inspirado narrativas culturales sobre exploración espacial y futurismo.
- Expertos en IA como Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio, ganadores del Premio Turing y recientemente del Nobel de Física, pioneros en redes neuronales que hoy impulsan revoluciones creativas.
- Figuras públicas como Richard Branson, el duque de Sussex Harry y su esposa Meghan, junto a Stephen Fry, que aportan una dimensión humanista y mediática.
- Políticos y pensadores como Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, y Susan Rice, exembajadora de EE.UU. ante la ONU, así como el fraile Paolo Benanti, asesor del Vaticano en ética digital.
Más de 1.500 líderes en total han respaldado la iniciativa en sus versiones ampliadas, desde científicos hasta artistas, en un frente unido que va más allá de visibles diferencias ideológicas. Esta diversidad subraya cómo la IA ya no es solo un asunto técnico, sino un fenómeno filosófico-cultural que interpela a la sociedad en su conjunto.

Riesgos que amenazan el tapiz humano
La carta no se limita a especulaciones; se ancla en evidencias concretas de encuestas recientes. Un sondeo del FLI realizado entre septiembre y octubre de 2025 revela que el 64% de los adultos estadounidenses rechaza la creación de superinteligencias hasta confirmar su seguridad, mientras que el 69% percibe una regulación gubernamental insuficiente. Datos de Gallup complementan esta visión: el 80% apoya reglas estrictas para proteger datos y seguridad, incluso si ello frena el progreso, con solo un 9% que apoya una aceleración sin límites.
Impactos en la cultura y la sociedad
Más allá de los laboratorios, los peligros se proyectan sobre el lienzo cultural. La automatización avanzada podría desplazar empleos en industrias creativas, desde el diseño gráfico hasta la producción audiovisual , lo que alteraría todo el ambiente de las artes escénicas. La difusión de desinformación mediante contenidos falsos generados por IA amenaza la integridad de narrativas históricas y espectáculos, con el consecuente deterioro en la confianza en medios y performances auténticos.
En un plano más profundo, la superinteligencia plantea dilemas éticos que evocan distopías cinematográficas: ¿deben las máquinas autónomas influir en decisiones humanas para, por ejemplo, manipular opiniones o amplificar sesgos? La pregunta central de la carta resuena como un guion de ciencia ficción hecho realidad: “¿Debemos arriesgarnos a perder el control de nuestra civilización?”.

Hacia un futuro regulado y colaborativo
La propuesta no busca un retroceso tecnológico, sino un viraje hacia la transparencia. Se aboga por vigilancia bajo procedimientos democráticos abiertos, lejos de las cámaras acorazadas de gigantes como OpenAI, Google o Meta. Procesos cooperativos, con participación pública, podrían redefinir la innovación como un bien común, integrando perspectivas culturales y éticas desde el diseño inicial.
En un mundo donde la tecnología moldea identidades y expresiones artísticas, este llamado invita a reflexionar sobre el equilibrio entre progreso y preservación humana. Mientras la competencia por la AGI se intensifica, la voz de estos íconos culturales del silicio podría catalizar un debate global que trascienda fronteras para asegurar un futuro que no sea dictado solo por algoritmos, sino por consensos compartidos.
Con información e imágenes de:
BBC
Wired
Extremetech